Bebé de quince meses, Disciplina con amor.

23 mar

¡Hola, mamá feizbukeras! Hoy me llegó un boletín que me avisa que mi bebé tiene quince meses, describe lo que se puede esperar de un niño de esta edad, les comparto dos citas textuales: “cuando me ponga caprichoso no me des sermones, ¿no te das cuenta de que no lo entiendo?” y “No se ganó Zamora en una hora”… esto me hizo recordar que hace unos días estuve leyendo Disciplina con amor: cómo poner límites sin ahogarse en la culpa, de Rosa Barocio.

Una de las primeras frases del libro es: “Todo se complica por el temor a equivocarnos, a ser anticuados, autoritarios, no queridos, criticados”, y es cierto. Muchas veces me he sentido entre la espada y la pared, bombardeada por los expertos comentólogos que me rodean; y lo peor del caso es que parece que todos tienen razón. Por un lado están los papás y mamás de la familia; los míos, claro, antes que todos: si hubieran hecho las cosas mal, yo no estaría aquí; luego están los pediatras que han pasado buena parte de su vida estudiando a otros individuitos que funcionan como los nuestros y en quienes confiamos ciegamente; y por último están los y las amigas, con o sin hijos, que aportan todos los consejos que les pasan por la mente. Y, por supuesto, no olvidemos la conciliación de una pareja que ha sido educada en ambientes distintos.

Entonces retomo a Rosa Barocio, que de entrada plantea la diferencia entre la educación autoritaria de las generaciones pasadas, que seguramente nos tocó todavía a muchos de nosotros, y la educación permisiva tan de moda. El libro ocupa buena parte en poner ejemplos contrastantes por demás ilustrativos; les digo que me puse a recordar mi infancia: cosas tan simples como la marcada división que había entre niños y adultos, cuando a nosotros no se nos consideraba para tomar las decisiones en casa, o simplemente no podía entrar al cuarto de mis papás, o que no podía opinar, o que simplemente no salía porque lo decían ellos y yo me callaba… ahora, en general, los que mandan son los niños, y de esto me di cuenta no como mamá, sino como maestra.

Precisamente en el trabajo fue cuando comencé a convencerme de que también tengo miedo, mucho, de lastimar al duende, de equivocarme, de parecer anticuada a sus ojos, o de que no me quiera, aunque también estoy consiente de que pasaremos muchas veces por ese camino, y ahora entiendo a mi mamá cuando decía que cuando tuviera hijos la iba a entender.

Siempre estoy diciendo que no quiero gritarle a Killari, que quiero convencerla de que hago lo que creo mejor para todos, que (como dijeron tantas veces mis papás) lo hago por su bien, porque “las lecciones aprendidas con el hierro candente no se olvidan, porque las guardamos en la memoria como recuerdos que aún palpitan abiertos de dolor”, entonces es que me encantó el nombre del libro… Disciplina con amor… qué bonito.

Hay conceptos que maneja constantemente, como la madurez, la inocencia, las etapas, el espacio… dice que la madurez implica asociar las causas con sus efectos y, además, recordar esas asociaciones; que está asociada con la experiencia que nos dota de visión al futuro; que los niños viven el presente y su memoria es asociativa, que sus recuerdos están esperando que algo los desencadene; que los niños entienden, pero no comprenden porque eso es resultado de la madurez, ellos son inteligentes, no maduros y por eso no tiene sentido dejarlos tomar decisiones importantes, porque necesitan nuestra guía y buen juicio.

Que hay que salvaguardar su inocencia a toda costa, mantener en sus ojos ese brillo que los defiende de las tinieblas del mundo; que hay que dejarlos jugar, que ya llegará el tiempo de vivir apresurados; que al hacerlos partícipes de nuestro mundo, los hacemos perder esa etapa que no vuelve nunca, nunca, nunca; que al brindarles tanta información sólo los confundimos, porque si es cierto que sus cuerpos están preparados para realizar ciertas tareas (como dejar el pañal, por ejemplo), su mente aún no.

Todo esto que interpreto como consejo, lo tomo de las descripciones que hace de la educación permisiva, en donde lo que gobierna nuestras decisiones es la culpa, y es ella la que nos hace soportar pataletas a media calle, que comienzan a muy temprana edad y duran toda la vida.

Después de leer me pregunto nuevamente ¿por qué nos empeñamos en borrar nuestras diferencias? ¿por qué no mejor, en vez de hacerlos entrar al mundo de los adultos para tomar decisiones, nos metemos nosotros al suyo y comemos galletas invisibles, o nos tiramos de panza al cielo, con ellos, a mirar las nubes dibujando cuentos, aunque sea un ratito?

Mamás, poner límites no nos hace malas personas… recordar que nosotros somos los adultos y los niños están bajo nuestra responsabilidad es una labor ardua, pero si la hacemos con amor, le estaremos heredando al mundo a un ser maravillo, capaz de sentir admiración y respeto por su entorno, puesto que eso fue lo que aprendió en casa.

Les dejo esta canción de Alejandro Filio, se llama Despierta, y se la canto cuando me acuerdo, desde que la tuve en mi cuerpo.

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3 comentarios to “Bebé de quince meses, Disciplina con amor.”

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