Hoy se me murió otro pedazo.


Eran las 2:44, pero la hora no terminaba de llegar. Yo quise estar con él, acompañarlo, ser lo último que vieran sus ojos detrás de las cataratas. Pero no pude, tal vez me faltó valor; tal vez me sobró deseo.

Antes de salir, apresurada, puse en la balanza 12 años 4 meses de recuerdos, frente a dos horas (o menos) de presente. Al final (desde el inicio) pesaron más las dos horas.

Casi al terminar mis ni siquiera dos horas, traía encima media copa de vino, un pedazo de chocolate, un poco de chile, media bocanada de humo reciclado y una taza de café (de a de veras). Ahora, que el día termina y hace rato que pasó el efecto, sé que cuando llegue ya no encontraré el viejo tapete que me hacía tropezar.

Intento pensar en el patio sucio, el pantalón mojado con casi medio litro de baba antes de salir (con el tiempo encima) a trabajar, trato de pensar en los quejidos con los que intentaba llamar la atención. Intento… pero algo me duele en el estómago, tal vez la ausencia, tal vez haber sido yo quien decidiera y resolviera.

Me duelen las muelas, debe ser el llando aferrado a ellas. Era lo último que me quedaba de mi (también muerto) mejor amigo; nació en casa, el 16 de noviembre del 97, murió en casa, el 22 de marzo de 2010.

Le agradecí todos sus años y lo amenacé con un próximo encuentro, tal vez en la vida que sigue.

Ojalá que con el día se acabe la tristeza.

P.D. Pedacito de incertidumbre: (si me lees) Gracias por no dejarme llorar.

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