Vuel(v)o a casa…


Vuelvo a casa y por la ventana entra el lago pavimentado; sobre él pululan luciérnagas eléctricas, soledades (muchas) fluyen sobre el lecho de los arrollos vehiculares; no hay pajarillos, pero el micro de la derecha trina al son de La Cucaracha.

En los árboles carentes de raíz y alámbrico follaje, cuelgan los tenis de algún cristiano, o testigo, o mormón, o quién sé yo (si el hijo de mi mejor amigo hubiera usado tenis, tal vez, hoy, ahí estarían, también, colgados).

Sobre el lago ya no hay una nata de lirios acuáticos, sino, un poco más arriba, una de radicales libres y partículas suspendidas que nos oxidan.

El hambre no llora en las panzas, sino en los ojos de los niños-axolotl que sividen la vida en lo superficial del paradero y la profunda humedad de las tripas de la ciudad.

Vuelo a casa. Detrás queda la triste y caótica ciudad que hoy se alimentó de mi tristeza.

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