Ligerezas

Fin de año 2011, apuntes desvariantosos.


Hace tiempo, los fines de año eran apenas soportables… solía encerrarme en casa, con una botella de lo que fuera y tal vez la compañía de algún alguien igual amargo que yo. Mi férreo rechazo a las fiestas era medio estorbozo, yo no quería estar con nadie, y mis amigos (esos a los que sí les nace el espíritu navideño) insistían en invitarme a pasarla en su casa “en familia”… nadie lo consiguió y yo lo agradezco, pero (al pasado) no gracias.

Hoy las cosas son distintas: sigue sin gustarme la onda advientosa, pero ya no peleo, es más, hasta pregunté qué íbamos a hacer en navidad. Sucede que hoy estoy fragmentada, parece que esa yo que se resistía sigue haciéndolo y no quiere irse, ha perdido fuerza pero persiste. Aunque la vida me cambió y ese “tópico de vidrios” que es el Duende, vino a romper (en serio) todos los esquemas, aún queda esa maltrecha y rara costumbre de negarme y ver para atrás y darme cuenta de cuántos saltos ha dado la vida.

Por estas fechas me siento a contemplar la pasarela de recuerdos, pongo un puntito de atención en ciertas personas, en ciertos actuares y apunto; en este desfile de memorias identifico ciertos aspectos con cara de nave, de esas que deben quemarse para poder acabar con esa parte de mí que aún se pelea con los últimos de diciembre. Ando dando vueltas sobre mi eje para ver cuál es el lado que más pronto agarrará fuego; parece que será el lado de los arrebatos, esos que casualmente coinciden con finales de año, esos que vinieron a rescatarme de un lastros nosotros para convertirlos que se convirtieron en los futuros que no fui al lado de nadie. Todo comenzó porque pensaba yo hace un rato que muchas personas deciden por despecho; me sentía yo amargosamente decembrina y me decía: cuando esas personas actúan por despecho, se chingaron, aunque sea un ratito. Yo, repito, siempre arranco, pero nunca por despecho, así que esa acotación me hizo pensar en que en realidad nunca me chingué, jajajaja.

Recuerdo uno triste (de esa tristeza frustrante casi adolecente) que ocurrió un 31 de diciembre: un sueño se murió. En retrospectiva parecía canción de José Alfredo aunque tendríamos que saltarnos lo de la navidad. Me pregunto si aquél se sentiría muy mal al saber que en realidad nunca pude soñar con esa niña que tanto anhelaba; lo cierto es que él tampoco la soñó conmigo… la soñó para sí y conmigo no fue, será de alguna otra que, por lo demás, nunca tuve ganas de ser yo.

Pienso también en otro futuro más añejo que qué bueno que no fue, y qué bueno porque en ese me miraba yo con un chorro de hijos y mal tratada, como escopeta vieja, pues… detrás de la puerta. Lo bueno es que terminó, junto con ese año aciago… mucho tiempo después escribió mi nombre con altas, pero hablaba de una yo que había dejado de ser hacía mucho tiempo para él y para muchos.

Recuerdo (como nota al margen) que hoy hace cuatro años don Manuel agonizaba, a mí se me antojó pensar que iba a levantarse, que era una más de sus inocentadas… pero no, no más, había acabado con sus no sé cuántas vidas: “se me murió mi gato, hija”, fue lo primero que dijo mi abuela cerca del metro Sevilla a las últimas del 30 de diciembre de uno de esos años, el treinta y uno lo enterramos en no sé qué panteón y nomás no lo he vuelto a ver.

Pensando en otra inocentada que no fue, hace también años alguien que no era nada mío (ja) terminó conmigo, que podíamos ser amigos (ja), dijo y yo me enojé. En cuanto él salió por la puerta, yo fui a comprar una lavadora. Se estaba cerrando otro ciclo y el orgullo había quedado re madreado. Según yo nos di por muertos pero sobre un tapetito verde nos dimos cuenta que no se acabó.

Luego, entré a un lugar a donde solía ir a guarecerme y que alguien besaba a otro alguien que no debería estar besando. No hice nada. Me di la vuelta y volví a casa. Luego él llegó y me preguntó si quería que me devolviera mis llaves, asentí en silencio. Luego me invitó a tomar un trago y dije que sí.

Otros dos arrebatos me hicieron abortar la psicología, el primero sí me dolió y recuerdo que un querido amigo,del que la distancia no puede separarme, dijo: “No mames, Ketzalli, nunca había visto lágrimas tan grandes… es dantesco verte llorar”, pero no cesó el llanto ni se resolvió el asunto pero se acabó ese año. Gracias al segundo, sigo estudiando Letras en la UNAM.

En otro de esos finales de año me enteré que alguien a quien yo quería andaba con la mujer de otro. Mi primera reacción fue hacer una pausa. ¡¿¡¿¡pausa!?!?! ¿Por qué no me enojé, ni me ofendí, ni tuve la necesidad de mandar todo al diablo como siempre? Por qué no salí corriendo para alejarme de una yo que no me gustaba ser… recordé a los otros que estuvieron en ese mismo tiempo y recordé que antes había matado a la que creía en los compromisos y la exclusividad sexual y demás pavadas; que ese orgullo estúpido que siempre resultaba herido, expiró sé muy bien en qué momento. Supe que había crecido no sé de qué manera y mi vida amorosa había cambiado, sólo hubo una duda ¿realmente había terminado? ¿sería capaz de intuir los encuentros dejando fuera los fantasmas?… no me pregunté más, dejé correr el tiempo… supe que era realmente libre y pude andar sin esperar.

Las decisiónes que tomo desde hace tiempo no son las más meditadas pero parecen ser las que mejor funcionan, gracias a ello pude urdir pacientemente la vida que ahora tengo, esta en la que el final ya no importa ni estorba; esta en la que el amor y la familia no son una fórmula ni un concepto.

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