Remiendos de la hernia.


“Una hernia inguinal es una protusión del contenido de la cavidad abdominal por un punto débil de conducto inguinal”, eso dijo santa wiki cuando le pregunté por qué demonios me pasaba.

Sucede que me enteré del defectito en las vacaciones de verano del año pasado. En noviembre me confirmaron la intervensión y desde entonces comenzó la tortura.

Resulta que me dan miedo las agujas. Es un miedo difícil de controlar… creo que se denomina belonefobia. No sabría decir cómo fue exactamente que me hice de tan tremenda angustia, pero no puedo con ella.

Según yo iba muy tranquila y dispuesta, pero sucede que los nervios me traicionaron y el calvario comenzó a la hora de la canalización. Fueron necesarias cuatro incursiones dolorosísimas para encontrar la dichosa vena; por alguna extraña razón, la enfermera que realizó el primer intento, desistió (después de regañarme) y cedió el turno a otra, y luego a otra, hasta que vino una doctora (que estaba por realizar una cirujía de cataratas) a lograr el cometido y exigir una coca.

Tres horas y media después me llevaron al quirófano y me advirtieron que no me moviera porque podría provocar un accidente: primero me avisó que me iba a lavar, que la solución estaba muy fría y sí, estaba helada… así que mi cuerpo reaccionó con un salto. “Le dije que no se moviera, ya me tiró toda la solución… Va a sentir un piquete, le va a arder mucho, pero no se mueva.” ¿Cómo que voy a sentir un piquete y me va a arder y no me tengo que mover? en fin, el cuerpo tampoco obedeció y volvió a saltar “que no se mueva, señora (¿¡!?), porque se puede lastimar la columna.” Y bueno, para lograr el bloqueo me picaron tres veces y luego lloré como magdalena. Una vez que estuve en posición y dispuesta para la intervensión: todavía sentía ¡TODO!

La anestesióloga optó por sedarme y yo le pregunté por qué no había comenzado por ahí. No sé si me respondió, porque más tardó en decirme que me iba a marear que en lo que yo ya me había dormido. Lo siguiente que recuerdo es la cara del cirujano frente a la mía, estaban por terminar y me necesitaban consiente para comprobar que la costura estaba bien hecha. Pude ver el final de la operación, en el reflejo de las enoooormes lámparas azules que tenía encima. Y ya comenzaba a sentir de nuevo… no era intenso el dolor, pero estaba.

Para cuando me llevaron a la sala de recuperación ya podía mover las piernas y aún no me administraban el analgésico; fueron horas largas y dolorosas, que terminaron con una cerecita intramuscular de diclofenaco.

Lo cierto es que la tortura psicológica terminó en ese momento: ya no me iban a meter ninguna aguja… cabe mencionar que sólo se trata del inmenso terror que me provocan, porque en ningún momento sentí nada del ardor y el calor que se suponía debía sentir.

Es por eso que soy un colibrí remendado. Ahora no puedo cargar al muendecito por un par de meses 😦

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