Para las mamás "feizbukeras"


Durante el embarazo llegaron a mis manos muchos libros sobre lo que podría esperar en cada etapa; me inscribí a un montón de páginas que envían boletines semanales; me conseguí el número de tres o cuatro pediatras, recibí consejos de todas las mamás que tengo a mano (graduadas en la materia hace por lo menos 25 años); así que a la hora de abastecerme compré puras cosas inútiles (como biberones de cristal que resultan súper pesados para el bebé, fajeros, plásticos, seguros, tela…), pero lo verdaderamente necesario me lo regalaron.

En mis afanes de cuidar el mundo pensé que quería usar pañales de tela, pero luego me di cuenta que con el trabajo, la uni, las labores domésticas y la crianza, me resultaba imposible así que me tragué mis palabritas y comencé con los desechables. Tras el nacimiento de la nena hubo en mí un montón de confusiones gracias al exceso de información recabada; un día fui a dar a la sala de urgencias creo que dos veces por diferentes razones… y tal vez, sólo en una ocasión, se me vino el mundo encima…

En cuanto me enteré de su presencia en mi vida, dejé de fumar, de tomar café, de hacer corajes, comí muy bien, me consentí… creo Foto: de la mamáque fue la etapa que mejor me he tratado y me pregunto por qué tuve que llegar a ese extremo (el embarazo) para vivir una vida plena y sin complicaciones. Supongo que se debe a que tuve buena suerte: cero náuseas, ningún antojo extraño, incremento de peso moderado, un solo desmayo… en fin, la cosa fue linda, pues.

Hoy pertenezco a un grupo en “feis” que se llama Consejos de mamás feizbukeras y no sé por qué extraña razón me siento muy tranquila, como acompañada; me gusta poder compartir con otras mamás lo que he pasado para ayudar de alguna forma a hacer más amena esta hazaña que nos ha tocado vivir. Así que agradezco profunda mente a Iliana Ávalos por haberse acordado de mí e integrarme y a Dinora por aceptarme.

He andado por ahí husmeando  la actividad anterior a mi llegada y veo preguntas que me habría encantado hacer cuando llegó el duende; que alguien me respondiera en tiempo real, con experiencias recientes… pero tuve que conformarme con lo que encontraba en las páginas ya mencionadas y las amables señoras que ya han pasado por las mismas.

Es obvio que las cosas cambian con un hijo, y que la naturaleza (sabia) te brinda todas las hormonas que necesitas para afrontar este proceso, pero la mente es una traicionera y se empeña en racionalizar todo y pelearse siempre con la química, aunque muy en el fondo esté segura de que no le va a ganar. Debo reconocer que no me ha ido tan mal, todavía hay veces que extraño a la yo que era antes de ser mamá y siento un poquito de nostalgia por las cosas que todavía no puedo volver a hacer.

Más allá de las cosas materiales que la maternidad exige, hay algo que resulta totalmente indispensable: el amor. Al bebé, a la nueva etapa, al sentirse sola, a las personas que nos acopañan en esta hermosa travesía. Me refiero al amor como esa cosa indefinible que nos ayuda a ponerle el pecho a las balas; como esa cosa que te hace abrazarlo suavecito, cuando estás a punto de estallar; eso que te hace respirar profundo y dar otro paso más cuando crees que no hay más allá.

Creo que un punto importante es aceptar las emociones por muy “feas” que puedan parecer. Sí, una se enoja y llora, y (a veces) hasta se arrepiente… no está mal sentir todas esas cosas, es parte del mismo hacer de todos los días, luego, en algún momento, una se acuerda que si llegó hasta donde está, fue por decisión propia, que nada la obligó a seguir adelante y entonces vuelve la calma.

Siempre tuve problemas hormonales así que estaba acostumbrada a las subidas y bajadas de uno u otro elemento químico jugando coleadas en mi cuerpo;  no desaparecieron tras el parto (como vaticinó algún ginecólogo bastante entrado en años) así que las cosas se han intensificado y a veces siento que la gente que me rodea no lo entiende (jajajajaja)…  así que aquí estoy y me da gusto saber que ustedes están ahí, para lo que se necesite.


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