Segundo tercio.


En cuanto a la suerte de varas, que pertenece al primer tercio de la lidia, los veterinarios de Las Ventas, afirman que al toro se le daña mucho más de lo necesario, que la profundidad de las heridas es mayor, debido al barrenado, además de la frecuente mala posición que obliga a enmendar el puyazo; y esto regularmente causa una rechifla en los tendidos, pues carece completamente de valor estético; pero en cuanto al desarrollo técnico, tal vez se deba a que los toros ya no son lo que eran (aunque yo no sepa de cierto qué eran)… me pregunto cuál será la diferencia entre Islero y Capulín.

Plaza de toros, autorretrato de Nahui Olin

 Lo que me ocupa ahora, es el segundo tercio, el de banderillas, que tiene como fin exaltar el temperamento del toro, disminuido en el tercio de varas; obligar al toro a galopar, citarlo sin ventajas ni sometimiento, para que se recupere del castigo en el encuentro con el caballo. Se dice que hay que debe colocarse al toro en suerte, con suaves capotazos, sin tirones ni movimientos bruscos y recobre la confianza. El segundo tercio no es  un mero trámite, ni un trago amargo que hay que soportar para llegar al tercio de muerte.

La forma de poner banderillas es variada, y su desenvolvimiento puede ser el momento más vistoso de la corrida.  Aunque también recuerdo una cita de Gregorio Corrochano: “Varían las modas, que son pasajeras; los modos no, que son permanentes”. También recuerdo varias banderillas sublimes, durante las últimas tres Temporadas en la Plaza México, algunas que me tocó vivir allí, y otras que (por el duende gestándose en mí) tuve que ver por Unicable…

Una de ellas, fue en el mano a mano entre Arturo Macías y José Tomás. Después de muchos años, volví a la plaza con mi papá (el culpable de que yo sienta tanto amor por los toros); como era de esperarse, no encontramos boletos, así que tuvo que ceder a mi insistencia de entrar (por lo menos) a general. La corrida fue el 29 de noviembre de 2009, el Duende estaba a dos semanas de nacer y la recuerdo perfecto, estremeciéndose conmigo al ver a Armando Ramírez, el “Bam bam” colocando soberbios pares, quien luego de su vuelta de España, “ejara los capotes de brega y banderillas para retirarse a la contemplación en el monasterio de San Ignacio de Loyola”.

Los otros recuerdos que tengo de ellas (las banderillas) son todos de Uriel Moreno, “el Zapata”. El más antiguo, cuando Killari cumplía un mes, estábamos las dos sentadas en el cuarto (también con mi papá) viendo la transmisión, cuando a Uriel tuvo a bien poner a la plaza de cabeza, al poner un par que nacía en ese momento: el monumental.

Este par me hizo recordar que “Los toros no lloran”, un cuento de La puerta de los sustos, que a la letra, dice así:

Recuerdo también que mi padre, durante las corridas de los domingos, comentaba que él alguna vez fue torero. Félix Pastor Diamante de Málaga era su nombre de guerra. Entre broma y broma –pero con aire de terminante seriedad– mi padre narraba que había formado parte de la cuadrilla de Marcial Lalanda cuando era joven. Particularmente mencionaba un momento de gloria. durante cierta corrida realizada en un pueblo rabón de España (que lo mismo podía ser Poma de Solana que Villarebuzno de la Fabada), Diamante de Málaga había colocado el mejor par de banderillas de la temporada entera. Fue un lento par como labrado en bronce. Quedaron en el toro como si siempre hubieran estado ahí. (. . .)

Dentro de la casa de Hemingway ha piezas de cacería, libros, muebles, armas y cuadros. Pero en especial, hay un escritorio que el literato tapizó con recortes de periódico. Debajo del cristal, a mano izquierda, se encuentra una pequeña crónica muy vieja, de apenas ocho líneas con una fotografía. En ella, Hemingway describe un excelso par de banderillas que un jovencito de Málaga le había colocado a un astado de nombre Campanero en la Plaza de Pamplona”

Como siempre, con los toros vuelvo a la literatura, y ahora pienso que, como en ellas, la Fiesta brava no necesita defensa. El autor, cuando está seguro de haber bien logrado el poema, no necesita justificarlo; es decir, lo que funcionaría como mejor defensa de La fiesta, debería ser la buena ejecución de las suertes, y no los argumentos necios de quienes la necesitamos para vivr. Tampoco imagino a  Nahui Ollin, trantando de explicar ese autorretrato, o a Miguel Hernández defendiendo el siguiente poema:

Toro y banderillero

Pródigas en papeles, pero avaras
en longitud y acero,
la presencia corriente del arquero
citan, si su atención anteriormente,
verdes prolongaciones y amarillas.
Pero el banderillero,
gracia, sexo patente,
si lo busca de frente,
en primorosos lances
curvo, para evitar rectos percances,
de pronto lo rehúsa,
palco de banderillas,
que matrimonia en conjunción confusa.

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