Sobre los niños y las niñas.


Recuerdo que en alguno de mis libros de texto de primaria, venían estas dos reflexiones sobre la infancia. Me conmovían muchísimo, tal vez porque yo era una niña, y me gustaba que alguien nos mirara de esta forma.

Sobre los niños, decía que: Las mamas los adoran, los niñitos los odian, las hermanas y los hermanos mayores los toleran, los adultos los desconocen y el cielo los protege.

Un niño es la verdad con la cara sucia, la sabiduría con el pelo desgreñado, la esperanza con una rana en el bolsillo.

Un niño tiene el apetito de un caballo, la digestión de un traga espadas, la energía de una bomba atómica, la curiosidad de un gato, los pulmones de un dictador, la imaginación de Julio Verne, la timidez de una avioneta, la audacia de una trampa de acero y el entusiasmo de una chinampina.

Le encantan los dulces, las navajas, las sierras, la navidad, los libros con láminas, el campo, el agua (en su estado natural), los animales grandes, papá, los trenes, los domingos, los carros de bomberos.

Le desagradan las visitas, la doctrina, la escuela, las lecciones de música, las corbatas, los peluqueros, las muchachas, los adultos, y la hora de acostarse.

Nadie más se levanta tan temprano y se sienta a comer tan tarde; nadie más puede embutirse en el bolsillo: un cortaplumas oxidado, una fruta mordida, medio metro de cordel, dos caramelos, seis centavos, una honda, un trozo de sustancia desconocida y un auténtico anillo supersónico con un compartimiento secreto.

Un niño es una criatura mágica; usted puede cerrarle la puerta del cuarto donde guarda sus herramientas, pero no la puerta de su corazón; puede echarlo de su estudio, pero no puede echarlo de su mente.

Todo poderío suyo se rinde ante él; él es su amo, su jefe, su carcelero, un manojito de ruido con la cara sucia… Pero cuando llegas a casa por la noche, con tus esperanzas y tu ambición hecha pedazos, él puede remediarlo todo con dos mágicas palabras: hola papito.

Sobre las niñas, como la que yo era y la que nos tocó a nosotros, decía que:

El Duende y la Musa

Para ellas no existe la ley del precio; cuando el cielo las crea, utiliza del ruiseñor los cantos; de la mulita, la terquedad; del chango las monerías, los brincos del chapulín, la curiosidad del gato y la mente incomprensible y misteriosa de la mujer.

Ella puede ser la más cariñosa del mundo y también la más necia. Se le encuentra brincando, cantando y haciendo toda clase de ruidos que te enojarán; cuando le llamas la atención se queda quietecita, humilde y con ese brillo celestial en su mirada.
Ella es la inocencia jugando en la tierra, la belleza echando maromas y también la más dulce expresión del amor cuando arrulla y duerme a su muñeca. Una niña nace con un brillo angelical del que siempre queda suficiente luz para robarnos el corazón, aunque se siente en el lodo, llore a todo volumen, haga una rabieta o camine por la banqueta presumiendo, con las ropas y zapatos de mamá.

Le encantan los zapatos nuevos, las muñecas, los helados, los vestidos domingueros, los moños para adornarse el pelo, el kinder, los pajaritos, la niña del vecino, jugar a la casita y la tiendita, el baile, los libros de iluminar, el polvo y el perfume… No le gustan los perros grandes, ni los niños, ni que la peinen. Es la más ruidosa cuando tú intentas pensar en tus problemas; la más bonita cuando te ha hecho desesperar; la más ocupada a la hora de dormir, la más seria e irritable cuando quieres lucirla a las visitas y la más coquetuela cuando has resuelto que definitivamente, no volverá a salirse con la suya. Nadie te da mayor disgusto o alegría, o el más legítimo orgullo, que esta mezcla rara de Caperucita Roja y el Ratón Miguelito.

Puede desarreglar los papeles del trabajo, el pelo y la cartera; hacerte perder tiempo y dinero y precisamente en ese instante, aparece su aureola angelical quitando por encanto tu disgusto. A veces te desesperan sus gritos y alborotos; pero cuando sientes fallar, o al mundo en contra tuya, tus anhelos y esperanzas más distantes… ella sola te convierte en una reina, cuando se sienta en tus rodillas, to abraza tiernamente y dice muy quedito: “mamita, te quiero mucho”.

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