Falsas preguntas retóricas


La pregunta retórica es una figura del pensamiento por la que el emisor finge preguntar al receptor, consultándolo y dando por hecho que hallará en él coincidencia de criterio; en realidad no espera respuesta y sirve para reafirmar lo que se dice.¹ Su propósito es hacer pensar al oyente. A mi juicio, una falsa pregunta retórica es aquella que lanzamos con la íntima esperanza de recibir respuesta. ¿Cuántas veces no le hemos preguntado algo a nuestros niños (o a nosotras mismas) algo, con la esperanza de que contesten, pero con la certeza de que no o harán?

Escucho a mis vecinos gritarle, maltratar (física o verbalmente) a sus hijos, al perro, las cosas de la casa, lanzar chingados (como diría mi tía Carmen) por aquí y por allá todo el tiempo.  Yo me pregunto, con frecuencia: Será que siempre podré mantener la calma y no gritarles así (al duende, a la musa, al coraSón)… Sé que en realidad no encontraré respuesta, porque no tengo una bolita de cristal que me permita verme en dos o veinte años; pero en lo más profundo de mi corazón, quisiera escuchar una voz que me diga: “sí, tranquila, no te preocupes”.

El otro día dejé que la nena se ensuciara hasta que se le antojara, se revolcó con su perra en el jardín, se le echó encima para acariciarla con puños de tierra; se cansaron y fueron a jugar con los posos del café. Primero una sólo metía las puntas de los dedos, y la otra olisqueaba la superficie. Luego la Musa se fue, y Killari se que quedó ahí, metiendo la mano completa, la chancla como cuchara; agarraba puños de café molido y húmedo, los aventaba hacia arriba y se divertía con la lluvia que le caía encima; cuando sentía las manos sucias, las embarraba en la playera, en el pantalón… para rematar la diversión, abrió la boca grande y se echó el café; se quedó con la boca abierta, la lengua de fuera y con cara de amargura intentaba decir: fuchi, mamá…

La tomé y le lavé las manos, la boca, le di de cenar y dije que era hora de bañarse, corrió alegre a las escaleras: abiba, mamá, maña? Sí, mi amor, nos vamos arriba, a bañar. Ella se fue directo al baño, mientras yo iba por la toalla. ¿Veinte segundos habrán sido los que me tomó por ventaja?  Para cuando la alcancé, ya estaba metida en la tina con todo y ropa; chapoteaba, gritaba: ¿Emo, mamá, mañá? El agua estaba fría, pero ella se veía feliz, y la dejé.

Ya en la noche, después de dormirla y al ver las fotos, me pregunté si el café mancharía la ropa, o si no le haría daño haberlo comido, o el agua fría… y también buscaba esa misma voz que me tranquilizara… apenas hacía unos días había tenido fiebre (sin ningún otro síntoma) pero recordaba su carita y sabía que no iba a pasarnos nada.

Ahora, hago una pausa para agradecer a Beatriz Aguayo del Castillo,  porque me hizo sentir profundamente conmovida cuando me dijo que me mandaba por correo las copias de algunos libros. Cuando vi el sobre en la puerta dije para mis adentros: ¿chingao, eso cómo se agradece? y me quedé callada. Comencé a leer de a poquito, porque estoy a final de semestre y tengo tareas atrasadas y trabajos pendientes, pero entre los libros y la dinámica de los Consejos de mamás feizbukeras, he encontrado algunas respuestas a esas preguntas que de inicio eran retóricas, sobre tres temas específicos.

1.- ¿Realmente estaré haciendo algo mal, la forma que he elegido para criar a nuestra hija es inapropiada?

A veces, mi mamá o mi suegra me miran con cara de terror, como si en su cerebro no lograra de acomodarse la información, como si no creyeran lo que están viendo, pero a final de cuentas son muy respetuosas y no dicen nada, al contrario, me hacen sentir segura (porque si en realidad estuviera haciendo algo grave, no se mantendrían al margen). Pero hay otras personas que miran igual de inquisitivas, y en ocasiones dan “consejos” extraños, que nadie les pidió; me hablan a mí como si no fuera yo, como si yo misma no me conociera o no conociera a mi hija (o a mi brazo derecho), en esos casos, me gustaría tener una playera que dijera: “Disculpe las molestias, estoy educando” ² y es que no sólo se educa a los hijos, se educa también a la pareja (hablando de los dos, no del marido), se educa a la familia (mamá-papá-hijos) y se educa a los familiares (tíos, primos, suegros, papás de los papás, hermanos, etc.), y eso no puede hacerse mas que con amor y respeto.

2.- ¿Debería evitar que se ensucie, que se lleve cosas a la boca, para que que no se enferme, no se lastime o cuando sea grande no sea una “salvaje”?

Sucede que los niños tienen necesidades simples (aunque complejas), desean explorar, conocer, sentir, sonreír, amar… Precisamente cuando sea grande, habrá un montón de personas a su lado que la harán sentir incómoda por su forma de comportarse, por mucho que pretenda ser libre y fiel así misma, caerá en el juego en el que caemos todos los adultos: mejor me aguanto las ganas, para que no me vean feo… (o lo que sea), cuando quién sabe en qué momento dejamos nosotros de escuchar esas necesidades básicas y comenzamos a pedir “lo que creemos que será escuchado y no lo que en realidad necesitamos”. Luego entonces, ella no necesita límites, sino aprender a comunicarse.

Y esto es diversión, caramba 😀

Porque para poder tener una relación armoniosa, necesitamos comunicarnos, no sólo eso: dependemos de la capacidad de comunicarnos. En ese tenor, debemos aprender a mediar, y eso no significa manipularlos para que terminen satisfaciendo nuestras propias necesidades. Poner límites no es nada más decir que no, es elaborar un discurso que le permita al niño conocer “la totalidad de su ser” para comenzar a sentirse satisfecho. Ejemplo: en vez de gritar alarmados ¡¡NO METAS EL DEDO AL ENCHUFE!!, podemos decir: “¿Qué te parece si vamos juntos a tocar los enchufes de la casa? Yo te muestro dónde se puede tocar, en los bordes, y dónde no se pueden poner los deditos. Lo tenemos que hacer siempre juntos”, es algo un poco más tardado que el simple y estridente NO, pero seguro conseguiremos una respuesta duradera, y le daremos una herramienta que le ayude a mantenerlo a salvo del peligro que tratamos de evitar con el grito. Pero ahí sí que ca’quien.

Hay una última frase que no responde a ninguna de las falsas preguntas retóricas, pero me parece un detalle lindo de Laura Gutman, en La maternidad y el encuentro con la propia sombra:

“La función primordial masculina en la constitución de la familia es el sostén emocional de la mujer. Y la función femenina es el sostén emocional de los hijos”  Por supuesto que seguro los varones saltan y se preguntan ónde quedan ellos, pero les recuerdo que el libro se llama La maternidad y…

Ahora bien, para completar y apapacharles un poquito el orgullo, va el siguiente fragmento:

En este sentido, creo que hay tres aspectos a tener en cuenta cuando comprendemos que sólo una pareja armoniosa puede sostener la estabilidad emocional de la familia, a saber:

1.- La contención del otro.

2.- La libertad (si no, la contención se convierte rápidamente en control).

3.- El deseo de acompañar al otro en su propio desarrollo personal y espiritual.

¡Y viceversa!

Debemos procurar ofrecer lo mejor de nosotros mismos a la persona amada, en lugar de poner expectativas en qué es lo que me ofrece el otro. Embarcarnos en un proyecto familiar requiere el máximo de generosidad y la convicción de tener que construir una cadena de sostenes para que la crianza de los hijos sea posible.

Y así, termino con este post, que parece ser un mero apunte, aunque desde el principio se los advertí: ¿recuerdan el título y el primer párrafo? Les comparto una canción hermosa, hermosa en realidad: Palabras para julia, de Paco Ibañes, en voz de “la negra”, Mercedes Sosa.

¹ Beristáin, Helena. Diccionario de retórica y poética. México, Editorial Porrúa: 2000.

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