Domingos taurinos

Carlos Septién García, crónicas taurinas sobre la muerte Manolete.


La Escuela Católica de Periodismo, que hoy lleva el nombre de su segundo director, Carlos Septién García, fue fundada el 30 de mayo de 1949, cuatro años (y poquitos meses) después de la Monumental Plaza de toros México. La EPCSG, fue la primera en impartir estudios de periodismo en México.

Carlos Septién García, además de darle nombre a la escuela, entre otras cosas, tuvo a bien hacer crónica taurina. En El Uiversal firmaba con el pseudónimo de “El Tío Carlos”, y en La Nación, como “El Quitno”. Tal vez éstas, sean las más sensibles que he leído y las que más me han conmovido, por eso, porque me gusta el mito de “Manolete”, y se acerca su aniversario luctuoso, compartiré fragmentos de dos con el tema de su muerte:

“En la muerte de manolete”, se publicó el 1° de septiembre de 1947, en El Universal, firmada por “El tío Carlos”.

      Por la calle soleada de una ciudad del interior alcanzó la nueva a este cronista. En la tersa amanecida provinciana la noticia fue como un derrote de toro negro sobre un terno rosa y oro. Manolete había muerto. Y la mañana quedó rota como una vena azul. Extrañaba que no goteara sangre por entre el algodón de sus nubes lentas.

(. . .)

      Y Manolete se aplicó a espiritualizar el toreo, que es muy distinto a deshumanizarlo. Dio de nuevo a la tauromaquia su perdido sentido ritual y él se instituyó en el nuevo oficiante de la nueva liturgia. Los toros no eran una fiesta, sino un sacrificio.

      Con ello, aparecía en el toreo la más alta expresión estética: el arte místico.

     Manuel Rodríguez se entregó así a su misión de purificar el arte de torear. Lo purgó de excrecencias y proliferaciones abigarradas e inútilse; lo libró de toda torcedura equívoca y de toda desorbitación de mal gusto. (. . .) Él quería no el triunfo de los ojos halagados por las formas fáciles, sino el triunfo difícil del alma que se rinde ante la verdad y la belleza sentidos, entendidos y deseados con las potencias más que con las pupilas. Él codiciaba siempre la victoria total del espíritu. Y con nada menos se conformaba.

      No la razón sola, ni la intuición aislada, ni el cuerpo gracioso. La bestia domada por el pensamiento y la belleza. Tal el ideal manoletista…

      Y luego su silencio…

      Aquel silencio que parecía envolver el ámbito cuando toreaba: aquel silencio que acallaba todo ruido de lucha, todo fragor de batalla, todo estrépito de pelea: aquel silencio solemne en cuyo centro de paz se iba desenvolviendo el ritmo quedo y profundo de sus faenas: aquel silencio de claustro, de salmo musitado, de siglos…

 (. . .)

      Silencio en que el torero se consumía intensamente durante las horas rituales de la lidia; silencio en el que brotaba el vuelo firme y quedo de los naturales o el callado aletedo del águila imperial de su verónica; silencio de vida interior que iba fecundando las cuentas del rosario de sus faenas armoniosas; silencio de cielos altos, de crestas nevadas, de abismos de raza…

(. . .)

      Nada puede igualar tu vida, sino tu muerte. Porque hiciste de la fiesta de toros rito, sacrificio y mística; y fuiste leal a tu liturgia. Leal hasta la muerte.

El Quinto, publicó “En los funerales de Manuel Rodríguez”,  en La Nación, el 6 de septiembre del mismo año:

Dale, Señor, el eterno descanso…

      (. . .) y porque su única pasión fue la de elevar hacia lo alto su arte y su ambiente; y porque su combate fue incesante y generoso; y porque siempre dominó frente a la bestia todas las debilidades de la pobre carne aterrada, te pedimos Señor, que le des el eterno descanso…

       ¡Qué transparencia la de su toreo! ¡Qué gravedad de luz de ocaso en sus lances! ¡Qué intensidad de crepúsculo en aquel tercer tiempo de sus pases naturales!

      Ni una sombra, ni una mancha oscura, ni un borrón de niebla en su arte ni en su actitud. Todo era en su toreo como “una suave hoguera de oro”. Todo ascendía como llama votiva, queda, segura, inviolada. De modo que en las grandes obras manoletistas no había brusquedades ni estallidos, disonancias ni fragores. Y en ellas se hacía la belleza conforme a la luz meridiana del gran místico español: “con igual amor e igual olvido”…

      Y porque él no supo de sombras de error o de engaño; porque combatió la tiniebla en el arte con el mismo denuedo imperial con que combatió la negrura apasionada del toro; porque su arte fue diamantino y dorado como una silueta de retablo medioeval; porque su espada fue como rayo de sol sobre la noche de los morrillos paganos, te pedimos, Señor, que luzca para su alma la luz perpetua…

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