Letras Hispánicas

Cuerpos, de Max Rojas.


Mi memoria suele ser precisa en cuanto al archivo de fechas importantes. Mis recuerdos están íntimamente ligados al calendario, y el calendario a la música, a los olores, a los sabores, a la poesía. Supongo que a todos nos pasa lo mismo, a unos más, a otros menos, pero todos somos un cementerio de pasado.

Por ejemplo, ayer hubo baile en el pueblo, el grupo estelar fue Pesado, y para abrir su presentació eligieron la única rola que me sé. Eran las dos de la mañana, llovía como desde hace días, suavecito… y yo recordé alguna otra noche, amarga, también lluviosa, en la que yo también llovía rabiosa; la cosa es que el recuerdo, ahora como muchos otros, es una cicatriz en el viento.

Volví a tomar el celular para mirar el reloj, pero vi la fecha: 27 de junio de 2011. Se desató otro recuerdo que me distrajo de la música y la lluvia. Un extraño jueves, por azares del destino (en realidad por el coraje que me hicieron sentir las constantes impuntualidades de un amigo), llegué a posarme en un balcón. Y cebé la tarde en un mate ajeno, desconocido; la agradable charla se escurrió entre sorbos de café, inundado aquél balcón de humo de tabaco y bruma. Ese día nació una sabrosa amistad. Volé de vuelta a casa con una invitación a la Casa de Cultura de Santa María Aztahuacan, a un Viernes de Escritores en su Tinta, organizado por Mónica Gameros e Israel Miranda, allá en Iztapalapa.

Total que sí, el viernes después de trabajar agarré mi camioncito rumbo a la ciudad. Hice escala en ese “cuartito de azotea que solíamos llamar departamento”, y después de comer nos fuimos. Y después de la travesía llegamos al estudio de la MoOn y el Isra, y nos tomamos una chela, y esperamos que diera la hora, y nos movimos a la casa de cultura, y llegando vi de frente a Max, con un delicado en la boca… me acuerdo, bien que me acuerdo.

A mí suele gustarme escuchar la poesía en voz de sus autores, no importa qué tan feo crean otros que leen, yo lo disfruto, mucho. Con Max es distinto, conozco a mucha gente que le gusta escucharlo. A mí me encanta, me estremece. Lo que no recuerdo con exactitud es qué fragmento de sus Cuerpos escuché, pero entre ellos estuvo el X de El turno del aullante:

Era como si el fantasma de un hombre que se hubiera ahorcado
regresara al lugar de su suicidio, por pura nostalgia de beber
otra vez las copas que le dieron valor para hacerlo y preguntarse,
tal vez, cómo tuvo coraje.
Malcom Lowry, Bajo el volcán

… y sepa dónde y cuándo apuñalaron mi cadáver.

A Valquiria

Caidal mi pinche extrañación vino de golpe
a balbucir sepa qué tantas pendejadas;
venía dizque a escombrar lo que el almaje me horadaba,
y a tientas tentoneó para encontrarse
un agujero tal de tal tamaño que en su adentro
mi agujereaje y yo no dábamos no pie
sino siquiera mentábamos finar
de donde a rastras pudiera retacharse nuestro aullido
Eso es lo que me queda -dije- de tanta extrañación
como he tenido; un hueco nada más, y ya me crujo
del tanto temblequear de que ese hueco
del mucho adolorar se me deshueque
y ya ni hueco en que caer tengamos
ni mi agujero ni mi yo
tan deshuecado invertebral volvido
que ni a madrazos mi almaraje quiera
ponerse a recoger su trocerío.

Caidal mi pinche extrañación se fue de golpe
luego de extremaunciar sepa qué tantas pendejadas;
no le entendí ni madres de todo lo que dijo,
pero sentí que era de cosas que desgracian.
A buena hora se te ocurre – dije-
venirme a jorobar con lo pasado,
cuando que a puro ferretear me atasco el alma;
si no fuera por tanto pinche clavo que me clavo,
ya ni memoria ni aulladar tendría.
A mí de sopetón una mujer me destazó en lo frío,
y desde entonces
a puro pinche ardor me estoy enfriando.
Ni lumbre en el finar del almaraje y sus trocitos queda,
y sólo el agujero está y estamos dentro
mi esqueletada y yo y mis agujeros,
a trompicones tentaleando fondo
para por fin tener donde aventar el alma
y de una vez echar la moridera.

Luego de extremaunciarme el esqueleto,
mi pinche extrañación se fue de golpe;
a tales rumbos me aventó de lejos
que pura mugre soledad me fui encontrando;
de arrempujón en empujón llegué a mis huecos,
todo ya de oquedad hallado hoyado,
y sin huesaje ya y sin nada
en que la agonición llevar acabo.
Es frío -me dije- lo de agonir que tanto escalda,
pero el asunto es memoriar lo que en trocitos
del almaje va quedando de esa mujer, y yo memorio
de cuando me hoyancó, y luego hubo un desmadre tal
que estropició la elevación de los San Ángel,
y memoreo, también, que al destazarme
los huesos se me fueron hasta un deshuesadero tal
que, entonces, mi agujereaje y yo crujímonos de frío,
y a puro pinche enfriar hemos andado desde entonces.

Foto de Mónica Gameros, del día en que nos conocimos.

Extremahumado ya,
ni un chinguirito de lumbre en el almaje y sus retazos queda
para lumbrar siquiera el huésar donde a tumbos
velorio a esa mujer que desahució mi almario
y cascajó, de paso, la ardidera.
Una llagada me dejó, y qué llagada,
y a luego hubo un friadal y un chingo más de cosas
que a chingadazos, pues, me auparon la caída.

Si así -me dije-, sin nada de huesar
y a puro bújero velorearé por siempre a esa mujer
mientras chinguitos del almar me queden,
y siendo como es de frío lo de agonir que tanto escalda,
mejor ya de uan vez me descerrajo el alma
y a ver en qué lugar la moridera boto.
Ya ni mi triste corazón me aguanta nada,
y ya que en éstas del morir me esculco muerto,
dada la extremaunción, el último traguito
mi agujereaje y yo nos lo echaremos solos.
Briagados ya, y a tarascazos, dando fondo,
vidriaremos por ahí a ver en qué mugre velorio
nos aceptan:
resurreccir como que está bastante del carajo,
y este pinche camión de Tizapán que ya no pasa,
como que nada más hasta un barranco hubo llegado.

[junio de 1971]

Ahora bien, si alguien se pregunta qué hace Max Rojas en este Jardín, es por que mi trabajo monográfico sobre Literatura Mexicana del Siglo XX será sobre él, y porque lo conocí un día como hoy, hace tres años, y porque recuerdo, y porque mi corazón está agradecido.

Jaime Coello y Max Rojas. Foto: Ketzalli Torres
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