Dos crímenes, Jorge Ibargüengoitia


Dos crímenes,

                            Jorge Ibargüengoitia (México 1928 – Madrid 1983)

A decir del mismo Jorge, al quedar como único hombre de la casa en la que se crió, cargó con la responsabilidad de devolverle a las mujeres que en ella vivían, la estabilidad económica que habían perdido, sin embargo decidió abortar ese proyecto y volcarse sobre otro definitivamente personal: las letras.

Dentro de su quehacer literario, se destaca la vena dramática, seguida no tan de cerca por la novelística, aunque también probó suerte en el terreno del cuento, con La ley de Herodes, así como en el ámbito del ensayo y el del periodismo; en 1954 se estrena como dramaturgo, con Susana y los jóvenes.

Como novelista, tiene seis obras publicadas; la penúltima es Dos crímenes, que apareció en 1979. Su quehacer literario se caracteriza por el humorismo crítico, la ironía, desmitificando la historia oficial y poniendo al descubierto los vicios humanos de las élites que conforman a la sociedad, desacralizando cualquier idealización que puede envolver a un hombre.

Dos crímenes es una novela, de carácter policiaco, que aborda temas como la mentira, la infidelidad, el asesinato, la envidia, la corrupción, la acusación injusta de quienes, al parecer, afectan los intereses del gobierno, por mencionar algunos. La voz narrativa acude a dos personajes diferentes, siempre en primera persona; durante los primeros ocho capítulos, Marcos, el narrador homodiegético le da voz a su propia historia; en los últimos seis, es don Pepe quien toma la voz narrativa para esclarecer la perspectiva que tienen los otros partícipes de la trama.

La acción narrativa inicia con una afirmación que deja ver los tintes políticos que envolverán la novela: “La historia que voy a contar empieza una noche en que la policía violó la Constitución”. Cuando a la reunión íntima, en donde se celebra el aniversario del negro y la chamuca, llega un invitado que nadie conocía y, evidentemente, tenía intereses más allá que departir del convite, a más de sentir incomodidad, no hubo ninguna sospecha; así como cuando aparece Evodio para pedir asilo. Al parecer las cosas siguieron su curso, hasta que, al otro día, la portera del edificio en donde vivían el negro y la chamuca, le habla para advertirle que la policía había irrumpido en el apartamento y se había llevado al huésped; éste es el motivo que orilla a Marcos y a su mujer a huir sin saber a dónde ni por qué. Cada uno toma rumbos distintos y se inventa historias para salvar el problema.

Marcos, “el negro”, quien, al verse involucrado en un primer crimen que no cometió, decide volver a su pueblo natal, Muérdago, en busca del único tío que podría ayudarlo a salir del apuro. Se inventa una historia que por todos lados parecía verídica, puesto que los hechos que se fueron encadenando la dotaban de verdad; de esta forma, la avalancha de mentiras desembocó en otros dos crímenes en los que, contrario a las pruebas, tampoco tenía nada que ver (directamente).

El lenguaje que se maneja es sencillo; los personajes están bien trazados y tienen perfectamente claras sus intenciones; Marcos, la Chamuca, el tío Ramón, don Pepe, Lucero, Amalia, Gerardo, Fernando y el otro hermano, Zenaida, Jacinta, Zorrilla, Canalejas, Pancho, el de la policía del pueblo, el gringo, el del Casino… casi todos descritos ampliamente, con rasgos físicos que reafirman los psicológicos.

La reiteración es un recurso que se utiliza con frecuencia, así como la gradación:

“Nací en un rancho perdido, mi padre fue agrarista, me dicen El Negro, la única parienta que llegó a ser rica empezó siendo puta: estoy jodido [. . .] y el único pedazo de buena suerte que me ha tocado, es el que mi tío me dejara una herencia, es ahora prueba de que yo lo asesiné. Estoy jodido.”

Las intrigas que envuelven la historia no se resuelven nunca, y dan pie a nuevos eventos que la complican aún más; desde por qué “la célula” a la que pertenece el protagonista, hasta el asesinato de Lucero.

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