Del “déjalo que chille, para que sepa quién manda” o la Declaración sobre el llanto de los bebés.


No chille, agarre piedras, o lo mismo, pero nomás acuérdese. “Los chicos no lloran”, “No estoy triste, no es mi llanto, es el humo del cigarrillo que me hace llorar”, “No llores por mí, deja que me vaya, sin verte sufrir” uuuy, y mejor le paro de una vez, porque no acabo enlistando canciones que hablan del llanto.

“El llanto emocional es un comportamiento universal que únicamente se da en los seres humanos”. La composición de éstas (las lágrimas), difiere a la de las reflejas o las lubricantes. Según Freud, las lágrimas emocionales contienen cortisol, y las lubricantes no. Según un grupo de investigadores del Instituto Weizman, las lágrimas contienen una sustancia química que parece disminuir el deseo sexual de los hombres, aunque no saben, a ciencia cierta, cuál es esa sustancia. 0.o

El otro día leía un blog que hablaba sobre las mamás blogueras… en algún punto echaba al aire los elementos para formular la siguiente pregunta: ¿por qué no escribimos cuando estamos enojadas, frustradas, deprimidas, tristes?

A mí se me hace que en todos lados hay demasiada información sobre lo pinche que puede ser la vida incluso cuando no se lo propone, así que en mi muy particular modo de verla, ¿para qué atizar el fogoncito? La verdad, yo no podría decir que me callo por no causar mala impresión, ni que hablo para convencer a otros de que soy feliz… vivo cada día con la plena conciencia de que todo es maravilloso, y me encierro en mi esfera de cristal inquebrantable. Sin embargo, lloro.

No hay día que se me vaya en seco y en verdad me lo agradezco. San Agustín decía que las lágrimas son la sangre del alma… yo digo que la sangre se derrama a través del sacrificio; Khalil Gibran aseguraba que debe haber algo extrañamente sagrado en la sal: está en nuestras lágrimas y en el mar.

Alguna vez leí que las lágrimas curan, lavan el corazón… y creo que es cierto; intento explicármelo con una simple analogía: así como el cuerpo tiene la facultad de desechar todo aquello que no le va a servir, el alma se purifica a través de las lágrimas.

Lo cierto es que las lágrimas, generalmente, son mal vistas; a decir de muchos, reflejan un estado de vulnerabilidad o debilidad insoportable; por eso solemos reprimirlas, incluso hay veces que me sorprendo enojada porque comienzan a salirse del huacal las condenadas. Pero también entiendo que es un esfuerzo extraordinario de mi cuerpo, las emociones se me escapan y fluyen por mis mejillas; no es algo gratuito, viene justo después de que las palabras se me hicieron pelotas en la garganta.

Y entonces, si así las cosas, ¿por qué lloramos? Según Darwin, se trata de una especie de condicionamiento: primero, los niños lloran (como los demás animales) para pedir ayuda, pero, como los gritos se prologan (obviamente porque no encuentran satisfecha la necesidad) se produce una mayor segregación sanguínea que estimula las glándulas lagrimales, luego los nervios se acostumbran, “ligan” el lagrimeo al sufrimiento… pero esta teoría fue descartada pronto, porque las glándulas salivales son más estimuladas y no echamos chorros de baba cuando estamos enojados, ¿o sí? (la excepción sólo confirma la regla).

Luego, vino Freud, a decir que la función del llanto es liberar emociones, esto resulta mucho más fácil de aceptar y comprobar (según), incluso se ha relacionado la contención del llanto con trastornos gástricos o respiratorios (úlcera o asma, por decir).

Con todo esto, nada más quiero preparar el terreno, sensibilizarlo, racionalizarlo, para poder leer con otros ojos algunos fragmentos de la Declaración sobre el llanto de los bebés (que, para no descontextualizar por completo, está enfocado en el método propuesto por E. Estivill, que no he leído, así que no podría decir si los argumentos son o no demoledores, pero, en términos generales, resulta lógico, por decir lo menos):

Es cierto que es frecuente que los bebés de nuestra sociedad Occidental lloren, pero no es cierto que ‘sea normal’. Los bebés lloran siempre por algo que les produce malestar: sueño, miedo, hambre, o el más frecuente, y que suele ser causa de los anteriores, la falta del contacto físico con su madre u otras personas del entorno afectivo.

En Occidente se ha creado en los últimos 50 años una cultura y unos hábitos, impulsados por las multinacionales del sector, que elimina este cuerpo a cuerpo de la madre con la criatura y deshumaniza la crianza: al sustituir la piel por el plástico y la leche humana por la leche artificial, se separa más y más a la criatura de su madre.

Simultáneamente a esta cultura de la crianza de los bebés, se medicaliza cada vez

más la maternidad de las mujeres; lo que tendría que ser una etapa gozosa de nuestra

vida sexual, se convierte en una penosa enfermedad.

Paralelamente las mujeres hemos accedido a

un mundo laboral y profesional masculino, hecho por los hombres y para los hombres,

y que por tanto excluye la maternidad; por eso la maternidad en la sociedad

industrializada ha quedado encerrada en el ámbito privado y doméstico.

Por otro lado, la violencia creciente en todos los ámbitos tanto públicos como privados, como han demostrado los estudios de la psicóloga suizo-alemana Alice Miller (1980) y del neurofisiólogo estadounidense James W. Prescott (1975), por citar sólo dos nombres, también procede del mal trato y de la falta de placer corporal en la etapa primera de la vida humana.

Por eso los bebés lloran cuando les falta lo que se les quita; ell@s saben lo que necesitan, lo que les correspondería en ese momento de sus vidas.

Necesitamos una cultura y una ciencia para una crianza acorde con nuestra naturaleza humana, porque no somos robots, sino seres humanos que sentimos y nos estremecemos cuando nos falta el cuerpo a cuerpo con nuestros mayores. Para contribuir a ello, para que tu hijo o tu hija deje de sufrir ya, y si te sientes mal cuando escuchas llorar a tu bebé, hazte caso, cógele en brazos para sentirle y sentir lo que está pidiendo; posiblemente sólo sea eso lo que quiere y necesita, el contacto con tu cuerpo. No se lo niegues.

A mí, a veces, me da mucho coraje que medigan: “¿y ahora por qué lloras?” o, igual de peor (jajaja) “¡No llores!”, pero… entiendo perfecto que esas actitudes tienen origen en el propio llanto no atendido de la persona que me pregunta u ordena.

En la medida en que los bebés sean criados con amor y respeto, serán adultos capaces de amar y respetar la vida (y el llanto) con tooodas sus aristas.

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