¿Cómo manejar nuestra ira?


Resulta ser que si una mamá (como yo) se decide por la Crianza con apego, o la crianza respetuosa, no puede enojarse. Eso se debe a que quienes nos rodean, vaya Dios a saber qué entienden por apego y respeto o maternidad, pero igual nos ponen cara de desaprobación cuando nuestro ceño se frunce ante alguna conducta “desagradable”; y tal vez esto no se limita a ese estilo de crianza, sin que en realidad las madres sea como sea que intentemos educar a nuestros hijos, no tenemos “permiso” ni “derecho” de enojarnos.

La cosa es que, punto número uno, no sabemos manejar nuestras emociones. Ejemplo: el domingo en la noche, por extraños designios del destino, “tuve a bien” eliminar los archivos de las planeaciones semestrales en las que había trabajado, de a poquito, durante las últimas dos semanas; pasamos una noche de perros porque algo de la comida cayó mal en la panza de uno de mis dos tesoros; el lunes, justo a la hora de entrar al estacionamiento del trabajo, el carro se quedó sin gasolina; horas después, tantito antes de subirme al MetroBus para ir a la Fac. una hormiga roja (de las grandes) me mordió como tres veces, y no saben la cantidad de ideas catastróficas que desfilaron por mi fecunda cabecita entre el primer mordisco y cuando me enteré de que era un bicho… ¿A dónde voy con tanto rollo? A una confesión: no sé manejar mis emociones, sólo las reprimo, y de eso me enteré ayer.

“Hoy me veo como si estuviera en una isla desierta, tan pequeña que sólo me permite sentarme; nada hay a mi alrededor; desperté del naufragio cuando ya los restos de la embarcación habían desaparecido. No puedo escapar, pues ningún material ni herramienta tengo a mano para construir una balsa. Sin embargo, me siento en paz, tranquila, estúpidamente liberada. Este cuerpo que me alberga, decide por mí cuando se da cuenta de que yo no tengo ni idea de lo que necesitamos; asume que no lo entiendo, por más mensajes que envíe, y actúa: esta vez expulsó de sí un tejido inocuo; abortó una idea que yo no conocía. Es decir, sí, la vi en el ultrasonido, redonda, llena de “líquido”, del tamaño de un generoso limón, pero no sé de dónde vino. El punto es que se fue y espero tener la inteligencia suficiente para no volver a hacerla mía”.

Eso es lo bonito (y frustrante) del lenguaje literario. El que escribe, se inventa o se libera, crea un mundo paralelo basado en algunos eventos de la realidad que lo construye día a día, y transforma eso que no entiende, en algo tangible y, por lo tanto, destructible. Así que hoy me deshago un poco de esa yo oscura que soy a veces, y me dejo como botella al mar. Antes de entrar en materia, les comparto también un “estado” que me vino al corazón hace unos días, mientras estaba de ociosa en el FB: “me gusta mucho ver mi foto de perfil, me llena de paz, de alegría y de esperanza el corazón; me ilumina la vida; me alisa el alma, disipa fantasmas, le arranca la piel a la envidia que repta por mi sombra, esa víbora que se arrastra por nuestro lado oscuro”.

Pero decía que me reprimo y por eso elegí este tema para hoy: ¿cómo manejar nuestra ira?, entonces me siento con la necesidad de compartir una serie de apuntes, útiles a mi parecer, sobre estos menesteres.

1.- Sí, me enojo: Soy un ser humano con una historia hecha hasta hoy; los factores externos me influyen de un modo u otro, y no puedo simplemente ignorarlos.

2.- Eso no, porque me molesta: Si soy lo suficientemente madura como para identificar los disparadores de mi ira, es válido (y necesario); si me molesta que Killari me pegue, debo evitar molestarla para provocar tal reacción. Y aquí se arma la controversia porque por otro lado están los temibles “límites”, y el tan anhelado respeto, y eso no está a discusión, pero pondré un ejemplo: un día estábamos en el patio mi papá, cargando al duende, mi mamá y yo. A mí se me antojó morder a mi hija, suavecito, así que lo hice; ella puso cara de molestia, dijo “no” muy enérgica, pero yo insití. Corte a: mi papá regañándola porque me dio una cachetada; entonces yo entré a defenderla: No fue su culpa, ella me dijo dos veces que no, y yo no le hice caso, se está defendiendo, el error fue mío por no respetarla. Claro mis papás pusieron cara de horror y no entendimiento, porque “no importa, a los papás no se les pega”, y hasta cierto punto tienen razón, la onda es que la mamá la estaba lastimando y ella no tiene las herramientas para convencerme de que le hago daño y lo más práctico y obvio, es un golpe… parece que me estoy desviando, pero no, la cosa sigue en el enojo, así que retomo, si me molesta que me pegue, no debo provocar que lo haga.

3.- No pelear por nimiedades: y aquí entra en juego el ego, es él quien se empeña en hacernos pasar malos ratos, porque son nuestras reglas (a veces absurdas) las disparadoras del enojo, es nuestra razón la deseosa de prevalecer pese a todo e imponerse. ¿Ejemplo? ¡¡Killari, no saques los topers de la alacena!! Ella todavía no pregunta por qué, pero cerca está, así que esas preguntas las hago y resuelvo sobre la marcha: ¿Es peligroso? ¿Está sucio el piso? ¿Se va a lastimar? ¿Debo lavarlos otra vez? ¿Se van a romper? ¿En realidad debo evitarlo? Casi todas son resueltas con un tímido no, y digo tímido por la falta de contundencia, es decir, por qué habría de enojarme si ella insiste en hacer algo que en realidad no tiene importancia.

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