Consejos para mamás feizbukeras

Mi niño no ME come, Carlos González (segunda parte)


Primero que nada aquí pongo una fe de rata [sic]: en el post pasado puse mal el nombre del libro, y lo hice igual cuando envié los archivos a las mamis que me lo solicitaron. El libro no se llama Mi niño no come, sino, Mi niño no me come. Si se me permite quiero justificar mi error: a la par estaba leyendo Mi hijo no quiere comer, del Dr. José Novoa Bodet, publicado en diciembre de 1979, impreso en México, bajo el sello de Editorial Diana. El de Carlos Gonzáles, fue impreso en España, la primera edición apareció en octubre de 2004.

Una vez expuesta la fe de rata (léase fe de errata, jajajajaja), debo comentar que entre ambos libros hay muchísimas similitudes, pero también encontré abismales diferencias. La primera coincidencia la encuentro en las razones que expone Novoa con respecto a la importancia de comer bien y el “¿Por qué nos duele tanto? de Carlos González. Cito las razones de Novoa, después de haber realizado una encuesta: 1.- Competencia (mi hijo come mejor que el tuyo), 2.- Inseguridad (qué van a decir de mí si el niño no come), 3.- Miedo a las enfermedades (un niño desnutrido no “aguanta” ninguna enfermedad), 4.- Ostentación (mi hijo está “gordito” porque lo tengo bien alimentado), 5.- Realización en los hijos (no dejaré que él sufra las mismas privaciones que yo).

 Luego ambos dicen que si un niño no come “como Dios manda” (como si él le hubiera dado a Moisés tablas de desarrollo junto con las de la ley), es por algún motivo: 1.- No tiene hambre, 2.- No lo necesita, 3.- Está enfermo, 4.- Algo le preocupa, 5.- Está tratando de dar algún mensaje, etc.

Para los dos, existe sólo un motivo por el cual un niño va a comer: ¡el hambre! Ahora. Para no entrar en más detalles, iré directo al punto en el que me quedé hace ocho días. Recuerdan que les hablé de un experimento maravilloso, pues voy a citar textualmente el Capítulo 14 de Mi hijo no quiere comer:

Alimentación libre

Pareciera una paradoja que haya niños que teniendo comida no la quieran, y otros que queriendo comer no tengan qué. Y, sin embargo, es una observación común que la inapetencia de los niños sea problema de los hogares en los que sobra la comida. También es mucho más frecuente en las familias relucidas o cuando solamente se tiene un hijo.

Estas observaciones confirman que el problema radica más en la familia o en la sociedad en que se desarrolla el niño, que en el niño mismo.

Pero todo esto, que en principio pudiera ser objetado atribuyéndolo a una simple coincidencia, se confirmó mediante una serie de experimentos entre los que destaca el realizado por Davis en el Children’s Memorial Hospital, en Chicago, y que consistió en lo siguiente: a un grupo de 15 niños pequeños se le ofreció, tres veces al día, distintos tipos de comida: cruda o cocida, sin mezclas, combinaciones ni adornos; siempre a la misma hora y sin haberles permitido tomar nada entre comidas. Cada niño se sentaba frente a una mesita y todos los platillos se les colocaban al mismo tiempo en una charola, de tal manera que pudieran tomar lo que apetecieran. Los niños comían con los dedos o con cuchara, de acuerdo a sus habilidades o preferencias, y cuando vaciaban un plato, inmediatamente era vuelta a llenar para asegurarse que siempre tuvieran de todo, y todo lo que quisieran. Tanto la comida como la alimentación, jamás fueron discutidas por quienes los atendían, enfrente de los niños.

Durante todo el tiempo que duró el experimento nunca se observó un solo caso de inapetencia y todos comieron diariamente con gran apetito. Algunos llegaron a comer tres o cuatro plátanos en una comida, y hasta cinco porciones de carne o papas. Un niño de un año de edad solía tomar, además de su comida, una mamila de 8 onzas de leche a la misma ora. A pesar de esto, ninguno estaba gordo, todos eran vigorosos, no se presentó ningún caso de estreñimiento. Un caso de diarrea sin importancia, que no pudo ser atribuido a desorden alimenticio, fue reportado, y en ningún caso se presentó algún problema de conducta.

“La conclusión final del estudio fue que con comida natural el niño es capaz de elegir sus dietas sin necesidad de la dirección del adulto”.

Este experimento encierra tanta enseñanza que, en mi opinión, debería haberse difundido ampliamente a todos los niveles y no nada más en el científico, porque muestra en forma palpable, además de la conclusión final qué tan escuetamente proporcionó el investigador, que se le puede sacar, punto por punto, mucho provecho:

1.- Los alimentos eran simples, es decir, sin preparaciones sofisticadas.

2.- Se dieron únicamente tres comidas al día.

3.- Los intervalos entre cada comida fueron respetados, sin dejarles tomar nada.

4.- Se les permitió comer solos y podían usar o no  los cubiertos.

5.- Nadie comentó las comidas ni les dijo que comieran.”

Ahora, cito también textual Un experimento que cambiará su vida, de Carlos González.

El experimento es el siguiente:
1. Pese a su hija en una báscula.
2. No la obligue a comer.
3. Vuelva a pesarla al cabo de un tiempo.
4. Si no ha perdido un kilo, siga sin obligarla a comer y vuelva al paso 2.
5. Si ha perdido un kilo, se acabó el experimento. Haga lo que quiera.

Retomo a Novoa, capítulo 18 Críticas:

“Desde el punto de vista sicológico, todo niño ha de satisfacer estas necesidades: Afecto, Seguridad, Apoyo, Aceptación, Aprobación. Por tanto, tiene que ser: Respetado, Comprendido, Alimentado, Cuidado, Instruido, Orientado, pero NUNCA CRITICADO.” Lo que el niño necesita para ser feliz (y crecer sano) es amor.

Y bien, si me preguntan cuál de los dos libros me gusta más: sin duda alguna me quedo con Mi hijo no me come. Espero que tengan la oportunidad de leerlo completito, puesto lo que aquí encuentran es un resumen que carece de los ejemplos tan ricos que expone Carlos. Besos, besos, y más besos.

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