Etiquetas psiquiátricas


Qué complicado resulta decidirse por un criterio tajante sobre la salud y bienestar de nuestros hijos, de nosotros mismos. Existen tantas posturas, a favor y en contra de la vida, que a veces hasta miedo da ponerse de uno u otro lado de la balanza. ¿Vacunas? ¿Límites? ¿Método Estivill? ¿Democracia? ¿Tiranía? ¿Manipulación? ¿Permisividad? ¿Autoritarismo? ¿Falta de atención? ¿Hiperactividad? ¿Impulsividad?; ¿Crianza con apego? ¿Colecho? ¿Mamá canguro?… ¡¡¡uuuuff!!!

Lo que me ocupa ahora son las etiquetas psiquiátricas. Hace muchos años, cuando me enteré de que había perdido mi boleta credencial de la UNAM, decidí que no me iba a quedar sin estudiar; me dio risa escuchar que la psicología era una carrera “MMC” (Mientras Me Caso); en mi caso, era mientras lograba ser admitida en la UNAM, y lo logré a tiempo. En realidad comenzaba a sentirme como enferma en el segundo semestre de Psicología; aparte de que en aquel entonces la UAEM UPVT no era lo que es ahora… era algo así como un “lejano lugar retacado de nopales”, nomás que sin tipos extraños llamados intelectuales…

 Y desde ahora aclaro que no no tengo nada en contra de ningún psicólogo, algunos de mis más queridos amigos pertenecen al área.

Pero, retomando, me salí de esa universidad, primero, porque ya había sido aceptada en la UNAM y, segundo, porque la psicología no es lo mío. En ese momento sentí que era una disciplina carente de seriedad, que para esos menesteres mejor era la psiquiatría, que algo de ciencia dura tendría… pero en algún momento de la vida tropecé con información que me hizo dudar. A saber:

1.-  Los trastornos psiquiátricos no son enfermedades médicas: en la medicina existe un criterio estricto para dar el nombre de enfermedad a una condición: debe comprobarse y establecerse un grupo de síntomas, la causa de estos síntomas o una comprensión de su fisiología; la fiebre y los escalofríos son síntomas. La malaria y la tifoidea son enfermedades. La existencia de enfermedades es comprobada por evidencia objetiva y por medio de exámenes físicos. Sin embargo, nunca se ha comprobado que alguna ‘enfermedad’ mental exista médicamente.

( . . . )

3.- La psiquiatría nunca ha establecido la causa de cualquier trastorno mental: agencias psiquiátricas de importancia como la Asociación Mundial de Psiquiatría y el Instituto Nacional de Salud Mental de los Estados Unidos admiten que los psiquiatras no conocen las causas ni las curas de ningún trastorno mental ni lo que sus tratamientos le hacen específicamente al paciente.

4.- La teoría de que los trastornos mentales se originan debido a un desequilibrio químico en el cerebro, es una opinión no comprobada: no existen pruebas para evaluar el estado químico del cerebro de una persona viva.

 El Manual de Diagnóstico y Estadística de los Trastornos Mentales -DMS.-IV- (publicada su primera edición en 1952), clasifica actualmente 374 trastornos mentales, entre los que figuran no sólo el Trastorno bipolar, o el Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad, sino también el Voyeurismo, Insomnio, Trastorno límite de la personaldiad, Trastorno obsesivo-compulsivo… y un titipuchal más de palabras que usamos en nuestra vida cotidiana y no por ello nos espantamos o pensamos en acudir al “médico” para que nos empastille.

Les dejo aquí la listita clasificatoria:

Trastornos de inicio en la infancia, la niñez o la adolescencia

Delirium, demencia, trastornos amnésicos y otros trastornos cognoscitivos

Trastornos mentales debidos a enfermedad médica

Trastornos relacionados con sustancias

Esquizofrenia y otros trastornos psicóticos

Trastornos del estado de ánimo

Trastornos de ansiedad

Trastornos somatomorfos

Trastornos facticios

Trastornos disociativos

Trastornos sexuales y de la identidad sexual

Trastornos de la conducta alimentaria

Trastornos del sueño

Trastornos del control de los impulsos no clasificados en otros apartados

Trastornos adaptativos

Trastornos de la personalidad

 

Sin embargo, lo que me preocupa (a grandes rasgos) son las etiquetas que se le ponen nuestros niños. Algo que me llama la atención es que los “síntomas” psiquiátricos para el Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad contiene conductas que casi TODOS los niños presentan. ¿Por qué será que mi hijo no quiere estar sentado viendo la televisión; por qué se empeña en hacer cosas peligrosas como subir y bajar mil veces la escalera; por qué insiste en agarrar todo lo que encuentra a su paso o irse a meter a lugares peligrosos; qué ganan con agarrar a las arañas e inspeccionar el jardín; por qué me ametralla con mil preguntas; por qué demonios no puede hacer tareas sencillas en la escuela; por qué me dice que no lo encontró cuando ni siquiera echó un vistazo; por qué no obedece, o parece que le estoy hablando a la pared; por qué se distrae tanto y todo se le olvida? ¿Por qué no deja de moverse, tiene chincuales en la cola, o qué? ¿Por qué habla tanto? ¿Por qué no me deja terminar las preguntas? ¿Por qué parece que siempre está angustiado y mira con insistencia hacia todos lados? ¿Por qué no espera su turno e interrumpe todo el tiempo?

Uff… éstas son sólo algunas de las preguntas que escuché en mi infancia, ya sea dirigidas a mí o a mi “hiperodioso” (digo, hiperactivo) hermano menor. Él se fracturó el brazo, creo, alguna vez… casi se partió en dos la lengua por lo menos cuatro veces, sufrió descalabradas en, por lo menos, once ocasiones (cuatro de esas son de mi autoría, juar juar); cada semana le tenían quejas a mi mamá; lo expulsaron de dos escuelas (mínimo).

En casa había gritos y sombrerazos todo el tiempo, a pesar de mi gimnasia y mi ballet, a pesar de su natación y su futbol; a pesar de las clases de pintura, música, campamentos de verano, viajes de fin de semana; a pesar de las dos horas de bicicleta todos los días y las muchas horas de basketball. Sí, también fuimos al psicólogo, como familia, como hermanos, de forma individual, en diferentes etapas de nuestras vidas… lo único que recuerdo como “diagnóstico” acertado era: es obvio, son niños, déjelos jugar.

Seguramente si mi mamá hubiera tenido otras creencias, menos tiempo, o menos paciencia, tal vez habríamos sido medicados, pero no fue así… fuimos libres de descalabrarnos cuantas veces fue necesario para crecer libres y satisfechos. Pero en fin… ahora los niños corren con menos suerte, y las cosas son más complicadas, y la vida es distinta, y ellos son más extremos… habrá algunos casos que sí necesiten medicación, no para ser menos niños, sino para resolver algún problema médico que sí exista. Y está bien, cada quien enfrenta la vida como buenamente puede. Éste es sólo uno más de los muchos cristales a través de los cuales podemos mirar la vida.

Dato curioso: este “documento científico” menciona el mal de ojo como uno de los “Síndromes dependientes de la cultura”. La pregunta al aire es: entonces: ¿el mal de ojo existe, o no?

Ahora, sólo dejo este video para reflexionar

[http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=P_X500l2rhQ]

http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=P_X500l2rhQ

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