Ketzalli Torres, Ligerezas

A Consuelo, Manuel, y todos los que se han adelantado con la promesa de una vida eterna.


Hoy me he dado cuenta que la tierra de mis muertos está todavía muy recién removida, que las flores de otros hunden sus espinas en mi herida. Que en paz descansen y sus memorias sean eternas.

Ella era la casa donde habita mi infancia, y su muerte me ha echado a la calle con todo y recuerdos. Una noche sí y otra también, el dolor ahogado en la garganta invade mis sueños, los inunda de incertidumbre y ella y yo yacemos bajo el húmedo y pesado silencio de su sepulcro. Se la fuimos a dejar encima a mi abuelo, bajo el mismo montón de tierra que lo cubrió durante años, y sobre la lápida aún no figuraba su nombre cuando la enterramos.

Traigo en el corazón dos varas de durazno deshojadas a llanto; las blancas lilis de otro muerto hoy olían a mi propia pérdida, y Consuelo no termina de irse ni mi inconsciente de resignarse. Hay ciclos que se cierran uno encima de otro… el 54 de su tumba es el mismo del año en que nació papá, y al fondo… ellos que sí están unidos pero que se desvanecen con el tiempo.

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