Domingos taurinos

Las corridas de toros en Argentina, en su día del animal.


La tumba de Oliverio Girondo en el Cementerio de La Recoleta, Bs. As., Argentina

Hoy en Argentina se celebra el día del animal, tal vez porque el 29 de abril de 1926 murió el Dr. Ignacio Lucas Albarracín propulsor de la Ley 2786 y sobrino del escritor Domingo Faustino Sarmiento; en honor a él, se eligió el día; a ésta, sobre el maltrato animal, se le conoce ahora como la Ley Sarmiento. Se le llama así a la ley, porque Sarmiento, junto con Mitre, Albarracín y algunos más fundaron la Sociedad Argentina Protectora de los Animales.

Así pues, 99 años antes de que estos ojos vieran la luz del mundo, en la República Argentina se emitió la Ley 2786, que en su artículo primero reza así: “Declárase actos punibles los malos tratamientos ejercitados con los animales, y las personas que los ejerciten sufrirán una multa de dos a cinco pesos, o en su defecto arresto, computándose dos pesos por cada dí­a”… 63 años después, el 27 de octubre de 1954, entra en vigor la Ley 14.346. Ésta, en su artículo 1°, anuncia la prisión desde 15 días hasta un año para todo aquel “que infligiere malos tratos o hiciere víctima de actos de crueldad los animales”; y es el el apartado 8 del Artículo 3, será considerado como acto de crueldad “Realizar actos públicos o privados de riñas de animales, corridas de toros, novilladas y parodias, en que se mate, hiera u hostilice a los animales.”

En lo que hoy es la Plaza General San Martín el 14 de octubre de 1801 se inauguró la Plaza de Toros, que sustituía la que de Monserrat, de forma poligonal y con capacidad para 10.000 personas. Se mantuvo en funcionamiento hasta 1819.

La verdad, la verdad, a mí me causa un poco de curiosidad saber qué tan humanos son los procedimientos de este país que sería el séptimo productor de carne a nivel mundial. Hace algunos años yo estuve allí, para refrendarle mi amor a esa tierra que tanto me gusta, para decírcelo al oido, sobre la piel. Mi último paseo en Bs. As. fue a Recoleta, y al salir del Cementerio de la Recoleta crucé por esa Plaza que hoy se llama General San Martín. Estuve allí, sin saber, sin imaginar siquiera que bajo el suelo que pisaba, cerca de donde hoy está el ombú centenario, hubo antes una plaza de toros… siento un poco de orgullo y nostalgia, parecido a lo sentí cuando supe que me marchaba de Buenos Aires sin pasar por la Biblioteca Nacional de la República Argentina, quasiúltima morada de Borges.

Cómo es que aquí es que se juntan la Argentina y los toros… digamos que porque al Che, a Cabral y a otros igual de argentinos le gustaban, porque yo estuve allí, porque hoy celebran su día del animal, porque en una ley prohiben las corridas, porque hoy es domingo y se lidia en la Maestranza un encierro luctuoso de Miura (transmisión online de la corrida en este momento), aquella ganadería que le brindó a Manolete la inmortalidad. He dicho.

Aquí un poema de Oliverio Girondo, donde mienta a los toros, que yo quiero, de lidia.

CAMPO NUESTRO

En lo alto de esas cumbres agobiantes
hallaremos laderas y peñascos,
donde yacen metales, momias de alga,
peces cristalizados;
pero jamás la extensa certidumbre
de que antes de humillarnos para siempre,
has preferido, campo, el ascetismo
de negarte a ti mismo.
Fuiste viva presencia o fiel memoria
desde mis más remota prehistoria.
Mucho antes de intimar con los palotes
mi amistad te abrazaba en cada poste.
Chapaleando en el cielo de tus charcos
me rocé con tus ranas y tus astros.
Junto con tu recuerdo se aproxima
el relente a distancia y pasto herido
con que impregnas las botas… la fatiga.
Galopar. Galopar. ¿Ritmo perdido?
hasta encontrarlo dentro de uno mismo.
Siempre volvemos, campo, de tus tardes
con un lucero humeante…
entre los labios.
Una tarde, en el mar, tú me llamaste,
pero en vez de tu escueta reciedumbre
pasaba ante la borda un campo equívoco
de andares voluptuosos y evasivos.
Me llamaste, otra vez, con voz de madre
Y en tu silencio sólo halló una vaca
junto a un charco de luna arrodillada;
arrodillada, campo, ante tu nada.
Cuando me acerco, pampa, a tu recuerdo,
te me vas, despacio, para adentro…
al trote corto, campo, al trotecito.
Aunque me ignores, campo, soy tu amigo.
Entra y descansa, campo. Desensilla.
Deja de ser eterna lejanía.
Cuanto más te repito y te repito
quisiera repetirte al infinito.
Nunca permitas, campo, que se agote
nuestra sed de horizonte y de galope.
Templa mis nervios, campo ilimitado,
al recio diapasón del alambrado.
Aquí mi soledad. Esta mi mano.
Dondequiera que vayas te acompaño.
Si no hubieras andado siempre solo
¿todavía tendrías voz de toro?
Tu soledad, tu soledad… ¡la mía!
Un sorbo tras el otro, noche y día,
como si fuera, campo, mate amargo.
A veces soledad, otras silencio,
pero ante todo, campo: padre-nuestro.

El Che en Las Ventas
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