de cosas que a nadie le importan…


Hay días en que una ya no sabe ni con qué ni por dónde y entonces todo se escurre por los ojos; por los ojos se escurre la frustración, la ira, el coraje, la tristeza, la impotencia, el dolor, la nostalgia. A veces a una sólo le sale bien llorar; llorar por el puro placer de no andar cargando esta mierda que es ponerle el pecho a las balas.

Uno se levanta a vivir lo de todos los días, a cumplir con roles, a no tener tiempo de sentarse y ver cómo la vida pasa así nomás, sin tener que hacer nada. Uno se levanta todos los días a veces sin ganas, y no porque falten motivos, sino porque sobran otros tantos para quedarse en casa. En la mañana me preguntaba “¿Pa’ qué tanto pinche esfuerzo si no sirve pa’ ni madres?”… me lo pregunté entre una clase y otra, durante el receso, y lo publiqué el el facebook sin necesidad de interrumpir mi clase.

La semana pasada me dijeron que a) no puedo utilizar la compu en el salón, b) no puedo utilizar el cel en el salón, c) no puedo comer en el salón, d) no puedo ingerir líquidos en el salón; al llegar al último inciso recordé por qué casi siempre vuelvo a casa con el termo lleno de café… los demás incisos son obviedades asentadas en el reglamento institucional que sencillamente nadie toma en cuenta.

En este momento Killari está en su cuarto, llorando también de cansancio, y hartazgo, y tristeza, y dolor, y angustia, y sólo ella sabe qué más. Supongo que a veces también lo necesita (demasiado a menudo para mi gusto)… supongo que ha de vencerla otra vez el sueño antes de que decida dejar de llorar. Para estos momentos ya no escucha, sólo tiene una idea en la cabeza: “quiero que alguien me cargue”, y para estos momentos, yo ya no tengo ánimos para convencerla de que así se consiguen las cosas… a pesar de todo, no creo que por como se comporta aquí, se merezca lo que le hacen en la escuela.

Retomando el “¿Pa’ qué tanto pinche esfuerzo si no sirve pa’ ni madres?”, llegué al segundo grupo con la intención de averiguar qué demonios tienen en la cabeza, qué esperan, qué sienten… a grandes rasgos, tampoco tanto… nomás teníamos 100 minutos, menos los quince que se pierden entre que tocan tarde la campana, ellos corren al baño o van en friega a la cafetería… Les pedí que sacaran una hoja en blanco y un bolígrafo, y guardaran todo lo demás (tiempo estimado para asimilar la instrucción: 15 minutos; nos quedan 70 “efectivos”)… después de convencerlos de que sólo había pedido la hoja, sin nombre (“¿y si ya se lo puse?”), comencé con mi breve cuestionario: ¿Qué impresión tienes de la materia? (español) ¿Cómo consideras el desempeño del grupo? ¿Cuáles son las obligaciones de los alumnos? ¿Cuáles son las obligaciones de los maestros?

En primer lugar les expliqué que la finalidad del ejercicio (anónimo y aleatorio {después de la primera respuesta intercambiaron hojas, así que ninguno escribió dos respuestas en la misma hoja) era lo que ya expliqué; le pedí a una alumna que apuntara en el pizarrón, entre otras, las palabras: respeto, justicia, igualdad, puntualidad, enseñanza, educación, futuro; sucede que en las obligaciones del maestro permeó el “respetar a los alumnos”, “ser puntuales”, “calificar justamente”, “educar a los alumnos”, “no usar el celular en el salón”… en eso estaba cuando justamente entraron a pegar unos letreros de “no comer ni beber en el salón durante la clase” y un “no te distraigas con el celular en clase”…

Comencé por preguntarles qué venía a sus mentes cuando leían esas palabras, de a uno por uno… como les costaba tanto trabajo y yo comenzaba a desesperarme, retomé la palabra. “Fulanita, por qué en vez de estar poniendo atención, le avientas cosas a tu compañera”… ¿Cuántas veces he recogido celulares, juegos o reproductores de música? ¿Cuántas veces les he pedido en honores a la bandera que dejen de burlarse? ¿Cuántas veces he tenido que explicar exactamente la misma palabra?, Fulanito, ¿Cuántas veces te he pedido que vayas a lavarte la cara porque te estás durmiendo?, ¿Cuántas veces les tengo que recordar que su evaluación corre peligro porque no han entregado proyectos? ¿Cuántas veces he tenido que esperarlos más de diez minutos porque como no les tocan la campana, ustedes no llegan a la hora de clase?…

Trataba de explicarles que todo eso que exigen de los maestros, ellos mismos no son capaces de ofrecer. Les platicaba un poco sobre las planeaciones, por ejemplo, y de qué forma repercute que ellos no hagan la parte que les toca; cómo es que su “profa, se me olvidó la tarea”, “ay, profa, por qué mejor hoy no hacemos nada”, “a poco hoy tenemos clase con usted”, “híjole, no traje mi libreta”, justo cuando estoy entrando al salón sirve de pretexto para que se me quiten las muchas ganas con las que puedo llegar al salón.

De los veinte que son, sólo uno se atrevió a decir que “a veces les contesto mal o soy grosera”… y no me molesta, sino al contrario, que con todo y lo grosera que pueda ser, el niño tenga el valor de decírmelo con mucha propiedad. En fin… sucede que es viernes y yo tengo un nudo en la garganta… pero mañana será otro día y el nudo se habrá disuelto y el cansancio se habrá ido lejos, lejos…


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