Plan de vuelo. Semana 39. Bitácora de descenso.


Tal vez una de las cosas más maravillosas del mundo sea ver realizados los sueños, darse cuenta de que los decretos, son órdenes al universo. ¿Y por dónde empiezo? ¿Por decir que  el domingo cuatro de agosto, pasadas las seis de la mañana, he vuelto a parir? Podría también volver a contar cómo y por qué deseé con tanto empeño un parto en casa; o preguntarme cómo fue que comenzó el final… lo cierto es que mi memoria está ocupada por un montón de datos (algunos útiles, otros no tanto) que se me antoja escribir y compartir con quienes me acompañaron de una u otra forma.

A ver… el día que cumplí tres años de ser mamá, me enteré que tendría otra cría: y con el tan de moda “en mi cuerpo, yo decido”, la primera decisión al respecto fue: quiero parir en casa, así que cuando yo dije “aquí”, mi compañero de vuelo me hizo segunda.. Hace poco más de tres años me enteré de la llamada violencia obstétrica y su amorosa contraparte: el parto respetado. Seguí leyendo, informándome, sin saber, segura de que no habría querido vivirlo así, y esta vez no lo permitiría. Asistí a todas las citas de “control del embarazo” (públicas y privadas) con la finalidad de tener algunas certezas; ansié el correr del tiempo como nunca antes. Me sentí tan segura de mí, de nuestro instinto y de nuestra fuerza, que llegué a desear parir a solas…

Nuestra “red de seguridad” eran el pediatra, el ginecólogo, sólo por si algo (a la mera hora) requería asistencia médica y una ambulancia de SISTEMEDIC, por si la complicación resultaba mayor y se volvía necesario el traslado a la clínica. Conforme pasaron los meses, y las consultas, fuimos afinando detalles. Todo parecía muy sencillo, fluir en una dirección: mi parto respetado, en casa.

De pronto el plan cuasi perfecto dio un giro. Dos días antes de la cita con mi ginecólogo, me llamaron de su consultorio para avisar que no está, que se fue de vacaciones, que quién sabe cuándo vuelva (cualquier día entre finales de julio y la segunda semana de agosto); yo con mi sentimiento de “no llego al 14” y él que se va, me abandona, así, sin aviso, sin dejar algún número para localizarlo (a pesar de haberle preguntado todas las veces qué haría si “desaparecía”). Intenté relajarme porque estábamos a 17 de julio y faltaba casi un mes para “llegar a término”, había la esperanza de que él volviera, y entonces me dije: “¿Cómo chingaos no? ¡Nada, nada, nada habrá de arrebatarme mi legítimo deseo de parir como me cante la regalada gana! Comencé a sentirme como salmón.

Así las cosas, en vista de un riesgo innecesario: que cuál era el Plan B. Necesitábamos uno y nada se me ocurría, tampoco nada surgía; tan simple como decir “cuando te toca, ni aunque te quites; cuando no te toca, ni aunque te acomodes”… Tampoco quise hacerle frente a nuestro sino. Fue pasando el tiempo: nos hicieron la sesión fotográfica con panzas pintadas, cumplí 31 años, disfruté los días como si cada uno fuera el último del embarazo; me sentí cada día más cansada, con más sueño, más pesada… pero seguía sin llover.

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El viernes 2 de agosto, después de las cada vez más frecuentes y ligeramente molestas falsas contracciones supe que la labor había comenzado… la barrera entre este mundo y el suyo se desprendió, el cuello del útero comenzaba a prepararse… estaba segura de que nacería el sábado por la mañana; de lo que no estaba segura era de que fuera tiempo de “movilizar” las cosas, jaja… aún así, llamé a mis papás y ellos llegaron como a las 11 de la noche, José Luis, “el perro”, llegó con la ambulancia como a la una de la mañana; Vero y Abraham, con el instrumental, como a las dos… por más que lo intenté, yo no pude dormirme sino hasta las tres. Las contracciones cesaron y yo no entendí. Los teléfonos seguían sonando así que a las seis ya estaba despierta.

El sábado fuimos a un ginecólogo (el mío seguía sin aparecer, y en su consultorio no supieron darme razón ni de él ni de su asistente), después del ultrasonido, el perfil biofísico y el tacto, el doctor dijo que lo único “raro” era la cantidad de líquido (había disminuído, pero estaba dentro de lo normal. Según el fémur de Zazil, todavía le faltaban tres semanas para las cuarenta, y según su cráneo, cuatro…  y seguía sin haber contracciones así que me mandaron a descansar. Salimos del consultorio con cita para el siguiente miércoles y un “no se preocupe, mamita, todavía le falta”.

Volvimos a casa, Vero y Abraham se fueron, mis papás se fueron… yo me tiré en la sala y de pronto ¡otra contracción! Después de un rato, me acosté en mi cama y recordé ese ejemplo de Carlos González sobre la oxitocina y la adrenalina, la importancia de la tranquilidad para las mamíferas: “una hipopótama en trabajo de parto puede interrumpirlo si se ve rodeada por un grupo de hienas, porque ella podría defenderse, las hienas no podrían hacerle nada, pero a la cría la cargan. Así que la madre puede esperar un rato a que las hienas se vayan, porque con hambre tendrán que ir a buscar comida a otro lado”. Así que no me lo cuentan ni me van a decir que es imposible: yo había iniciado ya el trabajo de parto, pero con el estrés se espantó la cigüeña, ja.

A partir de las 4:38 de la tarde comencé a escribir la hora de las contracciones, caóticas hasta la pared de enfrente. Y comenzó la lluvia a escurrir por los jazmines de mi ventana. No lo quería creer, porque los doctores dijeron que no era tiempo, pero el momento otra vez había llegado, y llovía. Mi pedacito de incertidumbre me preparó una comida deliciosa, se encargó del duende el resto de la tarde y yo ya no salí del cuarto. Pasadas las tres de la mañana, con el dolor cada vez más intenso y mi cuerpo ya agotado, bañado en sudor, decidí despertarlo, pedirle que encendiera el calentador para remojarme a esa hora. Llenó la tina del duende y ahí me senté, a consolarme con el calor del agua, a verlo a él mirándome, como desde lejos…

Recordar las palabras de Tanya: “garganta abierta, cérvix abierto; boca abierta, vagina abierta; no grites, canta”. Y yo rezaba el maha mantra, y le rogaba a Krisna que todo saliera bien, y con cada contracción me convencía de que el parto era inminente, pero no tenía cabeza para decidir ningún cambio. “Mi cuerpo es mío, mi parto también”, “el cuerpo que te ha cobijado sabe traerte a este mundo”, “Fridita, ayúdame porque yo siento que ya no puedo”… y él seguía anotando contracciones y duración, y seguían siendo irregulares y yo no me atrevía a decir “voy a parir”… ahí, en el baño, con la luz encendida, sin velas, ni incienso, ni música, ni chocolate, ni sus besos… como escondida en el luminoso cuarto blanco para recibir a la nueva luz.

Escuché las seis campanadas en el reloj del centro y me pareció una hora “prudente” como para comenzar a llamar. Primero al ginecólogo del día anterior, quien al escuchar que había sangre dijo que me llevaran para allá, a la clínica… para ese momento ya había encajado, yo podía intuir su cabeza con la palma de mi mano abierta, pero aún no se rompía la fuente. Luego le habló a mi cuñado. Por último le hablamos a Cristian (otra vez Cristian), para que viniera él, o nos mandara un taxi. Lo que mandó fue una ambulancia, porque durante la segunda llamada que le hicimos, se rompió la fuente y justo después Zazil comenzó a coronar.

Yo dejé caer todo mi peso sobre la rodilla izquierda y abrí mi cuerpo lo más que pude, no hubo necesidad de ahogar ningún grito, mi cuerpo quería parir y lo hacía con placer; tomé su cabeza entre mis piernas y la guié hacia afuera, en donde estaban las manos de su padre para recibirla, para ser el primero en soportar su peso en este mundo. Le pedí que me quitara la playera y de inmediato la pegué a mi cuerpo, a mi pecho; no recuerdo ningún llanto, recuerdo sus ojos abiertos, el sonido de su primer aliento, su cuerpo en movimiento y supe que todo estaba bien. El cordón dejó de latir y mi sirena terminaba su relación con su mundo de agua… Él cortó el cordón y se desconectaron nuestros cuerpos.

Me puse de pie, salió la placenta, caminé a nuestro cuarto, vi mis piernas ensangrentadas, sentía el calor de la vida fluir de dentro mío y yo seguía maravillada, me senté a esperar… él salió a abrir la puerta para la ambulancia. Todo seguía bien… Cuando llegaron los paramédicos le di a nuestra hija, para que él la cargara mientras yo me vestía. Le avisé uno de ellos (el novato) que iba a desmayarme, no entendió o no quiso entender: “voy a desmayarme” y me fui… cuando abrí los ojos él tenía cara de terror, de que nunca le había pasado y no sabía qué hacer; tomó mi presión (110/80), yo seguía bien. Terminé de vestirme. ” Otra vez voy a desmayarme” y me volví a caer, recuerdo mi cabeza golpeando la puerta del clóset; recuerdo al paramédico sosteniéndome por la espalda, supongo que alcanzó a jalarme para que el golpe no fuera tan fuerte. Pensé que era normal, después de tanto esfuerzo, tanta conciencia, tanto no dormir; después de perder tantos líquidos… caminé a la ambulancia, me devolvieron a mi hija y la puse otra vez en mi pecho.

280px-Satori.svgDespertó el duende, su papá le puso un mameluco y se subieron también a la ambulancia, salimos hacia la clínica. Todo seguía bien. Sweet dreams sonaba de camino y el domingo cuatro de agosto terminaba de amanecer, nuestro satori había llegado al mundo casi como lo planeamos, en libertad, en movimiento, sin nadie que nos dijera qué hacer, ni cómo, ni cuándo… y yo me siento orgullosa a pesar de todo, y le agradezco a Krsna y a todas las mujeres que me acompañaron con sus oraciones y sus buenas vibras.

“domingo 4 de agosto, al amanecer con mis manos aún clientes y ensangrentadas del parto de Frida Zazil, la ambulancia enrumbada al hospital con Sweet Dreams en las bocinas… SATORI” -Jaime Coello-


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