ARTESANÍA POÉTICA


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Imagínate lo cansado de andar por la vida creyendo que el amor existe. Descubrir la falsedad de los cuentos de hadas es una puñalada, una jijéz de la chingada, y todas las demás adas que le quieras colgar… Bueno… pues, yo sé que es cansado… Y cansada de no encontrar. Cansada de jugar con niños. Cansada de no creer. Cansada, pero de veras cansada: me puse a inventar.

Las mujeres pasan la vida soñando cuerpos perfectos, rostros envidiables… yo no quise perder tiempo en nimiedades; sólo me detuve en el sexo: bien puesto y dispuesto. No sé hasta dónde era necesario atribuirle todo mi llanto derramado. ¿Colgarle todos los defectos conocidos y aborrecidos? celoso, adúltero, misógino, desleal soberbio machista, ausente, débil, distante orgulloso cobarde autoritario, insomne, vengativo nocturno cauteloso inflexible sensible. Traicionero, encantador, manipulador, conquistador, sutil incongruente mordaz incisivo, mentiroso ofensivo, lascivo, inaccesible, inestable, paciente, irreverente, desvalido posesivo. Casado; con hijos y pasado. Adicto: a la mujer y al amor. Adicto: a la aventura, al placer, al dolor y al alcohol.

A final de cuentas, con tanto milagrito, me resultó poeta el cabrón. Un maravilloso poeta. ¡Un verdadero poeta! Ó, como diría Sabines: un poeta (simplemente un poeta). Terminé al engendro. Tenía todo para soñar y joderle la vida a los demás. Cierto día, como de Niebla, el hombre sin nombre se me escapó de las manos, se me escapó de los sueños, de carne y hueso se me puso enfrente. Una tarde, a manera de despedida (¿o habrá sido para saludar?) me habló del “milagro de la palabra que nos habita”… Él tiró el anzuelo y me lo trague completo, pero no lo sabía: “¡Hasta la poesía siempre!”… Nada más. Inventé al hombre “perfecto”.

Pero te digo que no le puse cara, o sea, ¡no lo conocía! Así que no lo reconocí. Y le di la espalda con total indiferencia. Olvidé comentar que también lo hice católico (en la cristiana acepción de la palabra) y como Jesucristo, resucitó (o reapareció) al los tres días. Su voz me condujo a la ciudad de los dioses; en la cúspide del sol me cogió por la cintura y ya no me soltó. Terminó el día. Me robó un beso y en él el corazón. A cambio me dejó sembrada la ansiedad y una ilusión. Ahora sí, ya me había dado cuenta de que era “él”, pero para ese momento ya se me había olvidado que lo hice a mano al cabrón. Ahora la criatura era yo. Me hizo suya. Me secuestró de mi vida; se llevó también la razón y la calma. Me dejó como ánima en pena, dispuesta a lo que el poeta-creador decidiera.

Habla para burlarse de mi soledad y mi vacío; para pedirme que abra la boca y venirse en mi oído. Aparece en mis sueños cuando le da la gana y me obliga a llamarlo por su nombre cuando estoy en los brazos de otro que, también soñando, me ama.

Al penetrarme se quedó adentro. Cuando alguien se acerca, me golpea desde el fondo para recordarme que le pertenezco. Si por algún motivo cruza por mi mente la sombra del olvido viene su fantasma a restregárseme en la cara. Y si por error se me escapan los celos me golpea diciendo: “pero vos así me conociste. Peor hubiera sido si vos fueras mi esposa. ¿Lo ves? Siempre queda algún consuelo”.

Pero qué hijo de puta. Qué desfachatez. Cuánto cinismo. (¿Comenté, también, que lo hice ingenuo, al pendejo? “y también viceversa”) .


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