Pensamientos en extinción


déjame a mí y vuelve a ti. que de ti, lo que me gusta eres tú.
-Diego Villaseñor-

La punta del iceberg
La punta del iceberg

Una de las cosas más difíciles es compartir con “el otro” lo que realmente se piensa.  Ese ofrecerse vulnerable contraría muchas creencias profundamente arraigadas: “que no te vea llorar”, “nadie merece tus lágrimas”, “no tienen por qué enterarse”, “no le des armas para lastimarte”, “llora por algo que valga la pena”, “guarda esas lágrimas para cuando me muera”… y, por equivocación, resulta que sólo la muerte merece el llanto y nadie es digno de conocerte realmente y todo el mundo da por sentada la vida y las lágrimas resultan ser una ofrenda.

Con el correr de los días aprendes a comportarte. Cuando eres niño algún adulto (desde su visión del mundo), luego muchos, te condicionan (referencia pavloviana) y, entonces, salivas… llega un momento en que ya no necesitas ni el sonido ni el olor de la carne, ese condicionamiento es tan fuerte que tiras litros de baba con la palabra “campana”. Todo es muy sencillo cuando “las cosas” son “como siempre”.  Cuando niño te dicen “defiéndete”, “no te dejes”, “a mí me duele más que a ti”, “pues desquítate”… creces un poco y se nutre el discurso “nunca permitas”, “así son todos”, “te la van a volver a hacer”, “de que lloren en su casa, a que lloren en la tuya…”, “primero tú”; incluso hay en la vida maestros de los que únicamente recuerdas “chinga al de adelante porque atrás te vienen chingando”.

la punta del árbol
la punta del árbol

¿Qué hace una con treinta y un años de la misma cantaleta? ¿Qué hace una con la mitad de esa vida de reaccionar de la misma manera?  ¿Qué hace una, a estas alturas, con esas respuestas al dolor grabadas a fuego? Pensar distinto. Así nomás: atreverse a pensar distinto, tragarse la saliva y mandar a la chingada la palabra ‘campana’. Disfrutar el bistec… si lo hay, pero no anhelarlo, no extrañarlo. Sí, un día me dijeron que las cosas tenían que ser de un modo y no de este otro; sí, un día me hicieron, me volvieron a hacer, pero no fue “mi culpa”… yo estuve ahí y me pasó, pero pudo pasarle a cualquiera; el pasado revivve hasta que el necio quiere y yo ya no quiero. Reconocer que mis dolores tienen cicatrices, que todavía me duele el brazo que me amputaron cuesta mucho trabajo es una cosa muy complicada y libera.

Hay “verdades” que no valen la pena, que en el camino nomás son piedras. En este momento decido concentrarme en la imagen de la luna en mi ventana, no voy a atormentarme con su futura partida. Hoy decido centrarme en los cliché: hic et nunc, carpe diem, sólo por hoy, el amor eterno dura un momento. Y sí, miro al futuro; y sí, tengo un proyecto de vida; y sí, pienso en mañana… pero si las cosas cambian, si la vida se derrumba, si las esperanzas o las ganas se acaban, sobreviviré (otra vez) al fin del mundo.

Me dijeron, sí… y ahora identifico mis creencias, depuro y me reconstruyo; me busco a mí, a la que me gusta ser, con la que mi cuerpo se siente en equilibrio; por ahora me desengancho de la yo que me perturba, la que se permite el dolor de estómago y el ardor en la nuca; me desengancho de la que se siente amordazada y se queda con las ganas de maldecir y mentar madres; a esa que me deja sin fuerzas en los brazos le digo “no me estés chingando”. Identifico pensamientos, creencias, y los reafirmo o los despido.

Imaginemos, queridos, este ejercicio como un: me estoy ahogando y disfruto el aire que la violenta tempestad me permite para no morir… sé que no me voy a morir, no ahogada en mi vaso de agua. Y nada… eso… que me extingo y me siento en paz.


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