Pienso en el silencio.


Hoy es 8 de marzo de 2016, muchos “celebran” un día que surgió para conmemorar el “Día internacional por la mujer trabajadora”, la lucha por la igualdad… y yo pienso en el silencio con el que se deslizan hacia el suelo las flores de la jacaranda; en el que se esfumaba con el viento de la carretera a 140 km/h cuando era posible salir a enfriar la rabia de las lágrimas.

Pienso en el silencio que se lavaba con la lluvia, o el que se quebraba con el viento entre las ramas que luego fueron derribadas a hachazos… en el silencio de la noche, que dejó de existir gracias a los perros del vecino que no soportan a los gatos que vienen a reventarse en mi jardín… también en ese silencio que se quiebra con el estruendo de la motosierra en el bosque.

Pienso en el silencio con el que acecha el jaguar, o el que le permite al colibrí empollar. Pienso en el silencio que viene tras el llanto, la derrota, el dolor o la muerte, el que precisa el duelo… en el que se logra en la plaza, justo antes del sacrificio de la continuidad, ese que se extingue porque alguien no aguanta más y estalla.

Pienso en el silencio preciso para la poesía, para terminar de fraguar algunos proyectos; en el silencio que se necesita para que el golpe de cada letra atice la inspiración. Pienso en El Silencio en la lidia y sueño que algún día, cuando crezcan las niñas, lo veré publicado.

Pienso en ese silencio que ahora me llega a cuenta gotas; en el que ahogo a gritos porque no me aguanto, porque necesito decir que aquí estoy; en el que sólo consigo apretando casi hasta romper las muelas que (muertas) todavía me quedan… pienso en el silencio que se acabó con la maternidad…

Pienso en el silencio que se extingue con cada pregunta de mis hijas, y con las respuestas que no puedo evitar; con el que se rompe con el ruido que hace el rosa al estrellarse frente a mis ojos; en el que no consigo ni cuando digo “no hay leche”, “se acabó el queso”,  “no quiero jugar”, “tengo tarea atrasada”… pienso en el silencio en el que a veces encuentro y al que a veces me aferro justo cuando acaban de dormirse y se termina con los primeros rayos de sol, con la alegría que le trae la mañana a mi benjamina.

Pienso en el silencio que necesita el cerebro para procesar cada ocurrencia, para disfrutar cada logro de la vida que inicia; en el que no me hace falta cuando lo escucho a él hablar del verso; en el que me estorba para disfrutar el ritmo de su literatura… en ese que es imposible porque abundan las risas y la alegría y las interminables e interrumpidas conversaciones, pero que logro al contener la respiración para perpetuar los recuerdos.

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