¿Cómo se ordena una casa?


¿Cómo se ordena una casa? es una búsqueda poco frecuente, según parece, porque ni siquiera está en las predicciones de google. Mi relación con el orden y la limpieza es de amor-odio: detesto el desorden; es decir, detesto tener que ordenar una y otra y otra y otra vez lo mismo. Me encanta barrer, disfruto ver cómo pasa la escoba arrastrando el tiempo (porque eso que barro significa que el viento y los pasos tuvieron mucho para ocupar la sala, el comedor, las escaleras…); lo que no me gusta es tener que barrer tres o cuatro veces al día.

“Necesito” arreglar los libros de mi cuarto por tamaño (del más alto al más enano), sin importar el ancho ni el autor; dejar el espacio suficiente entre ellos y la pared para que todos queden alineados al frente; no importa si no quedan todos los sellos juntos, las letras “deben” ir de abajo para arriba, para así poder leer los títulos “de forma natural” con la cabeza inclinada hacia la izquierda. La biblioteca es cuento aparte, y ese no lo escribo sólo yo.

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Amo tener cajas para cada cosa, botes metálicos con contenidos varios, bolígrafos ordenados por tipo; enrollar la ropa por color o por tamaño o por función. Tengo una libreta para cada proyecto y no me gusta revolver apuntes ni colores.

Pero no siempre he sido así. Según recuerdo, fui una niña muy desordenada y una adolescente mucho más desordenada. Una vez encontré, estrelladas en la pared, unas naranjas que (no sé si) escondí u olvidé en algún lugar de mi habitación. La pared era rosa, mi papá la había pintado hacía poco, igual que los espacios entre los azulejos gris claro… total que un día mi mamá se cansó (otra vez) de mi desorden, y entonces desordenó aún más todo lo demás… supongo que era una buena técnica, pero no estoy segura, ni siquiera me acuerdo de si yo lo arreglaba (amontonaba) todo otra vez “en su lugar”, o al final era ella quien terminaba haciéndolo porque yo no lo hacía bien.

Luego nos mudamos de casa y es muy probable que yo haya seguido “en las mismas”, pero me recuerdo pensando “si necesito una aguja, yo sé que está debajo de cuál calcetín bajo la cama”… ese era mi sentido del orden dentro del caos. Me justificaba diciendo que yo sabía dónde estaba cada cosa.

Lo cierto es que cuando vives “en familia” eso es imposible… sobre todo si los espacios son públicos. Es imposible que nadie mueva nada en lo que al uso común se refiere. Por eso es necesario “un lugar para cada cosa y que cada cosa esté en su lugar”… y ahora me pregunto si mis hijas podrán aprenderlo “a la buena”.

Cada día, en el momento en que estoy más tranquila, intento decirle a mi hija mayor que el desorden me desborda; me desborda porque “soy yo quien termina recogiendo todo” y a veces el cansancio acumulado es tanto que me pongo de malas, me desespero y hablo fuerte, feo… estoy tan agobiada que doy órdenes y eso de ninguna forma me hace sentir bien, y sé que no las hace sentir bien.

Me gustaría que el aprendizaje de esto fuera tan significativo, que no estuvieran a los 33 años haciendo un gran esfuerzo por recordar en qué momento y cómo les enseñé por qué es importante la limpieza y el orden. Hay casas en las que cabe el lujo de tener “espacios para el caos”… ésta no es una. Éste es un huevito de colibrí que luego se hizo, a la par, cubil de 4+1.

Entonces, como este es un problema que me ha llevado a consultar en algunos foros de crianza en los que participo, en algún momento me preguntaron cómo era yo de niña y eso me ha removido un montón de recuerdos; efectivamente ha sido de adulto que he integrado el orden en mi vida. Y no sólo de adulto, sino de adulto emparejado y con hijas. Cuando viví sola (por poco tiempo en esta misma casa) al principio era sencillo: tenía pocas cosas (una cama individual, una mesa, algunos trastes, varios libros). Conforme la casa se fue llenando, el desorden fue creciendo… cualquier superficie era buena para dejar mis cosas y nadie iba a moverlas. Luego, ya en franca vida de familia (como mamá), mis cosas empezaron a estorbar, y me empezaron a estorbar las cosas de los demás.

Sólo entonces me di cuenta de que no no es posible ponerlo todo en cualquier lado, porque pierdo tiempo en buscarlo si alguien lo mueve a un lugar donde no estorbe; no sé si antes alguien me lo dijo, pero apenas lo aprendí. No es tarde, claro, nunca es tarde… pero cuesta mucho trabajo “dejar las mañas”.

Hay cosas que me salen de manera natural pero no me gustan, y debo esforzarme también para evitarlas, cambiarlas o no necesitarlas, como eso que uno hace o dice pero hiere o lastima al otro que las recibe… en fin, una vez balconeadas mis manías, con un poco de claridad después de compartir, vuelvo a mis maquinaciones. He de lograr compartir esta necesidad de respetar el espacio del otro que convive conmigo, y también el tiempo y el esfuerzo… de entrada sé, que esto lleva tiempo, aunque me asusta un poco pensar “si a mí me llevó 28 años!!!”.


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